En la primera aparición pública del nuevo representante del Papa en España, reconoce la importancia de nuestro país para la Iglesia universal y afirma que «hace falta paz, diálogo y estima recíproca»
Humildad, conocimiento y estima de nuestro país y la centralidad de Dios. Son algunas de las claves de la primera intervención del nuevo nuncio del Papa en España, Piero Pioppo, que este domingo arrancó su servicio en España con una Eucaristía en la basílica de San Miguel.
Pioppo, hasta hace poco nuncio en Indonesia, llegó a Madrid el pasado viernes, donde fue recibido por la cúpula de la Conferencia Episcopal Española: el presidente, Luis Argüello; el vicepresidente, José Cobo; y el secretario general, César García Magán.
En su primera aparición pública, Pioppo trasladó a todos el saludo y la bendición de León XIV, con quien se había reunido días atrás. Citó a los Reyes y otras autoridades, al «vecino» cardenal Cobo —el palacio arzobispal de Madrid está al lado de la basílica—, a los sacerdotes, diáconos, consagradas y consagrados y laicos.
Al margen de este saludo más o menos protocolario, el nuevo representante del Papa habló sin papeles y demostró que conoce bien la realidad española, sus grandes santos y mártires, su contribución a la vida de la Iglesia a lo largo de la historia. Pero también hizo visible que está pendiente de los detalles, al nombrar a la Hermandad de los Estudiantes, cuya sede es, precisamente, la basílica.
En su intervención se mostró, además, humilde. Se presentó como «estudiante», con la necesidad de aprender «de esta Iglesia particular en la que viven tantas Iglesias particulares», y donde «luce la fe de los mártires, de los grandes pastores, de hombres y mujeres que reafirmaron nuestra fe…». «Somos herederos de todo este patrimonio», agregó.
Una Iglesia a la que viene a servir. Al servicio de todos, dijo, sin exclusiones. «Los tengo a todos en mi corazón», dijo al final de la homilía.
Antes, hizo una interesante y oportuna predicación sobre la figura de la Virgen María, que es garantía de que «Dios quiere estar y está con nosotros». Y que mirándola a ella, será posible construir un mundo con más justicia, paz y bienestar auténtico. Porque, subrayó, «hace falta paz, diálogo y estima recíproca».
Son ideales alcanzables, abundó. Y retos que él vivió en todos sus destinos, siempre en territorios lejanos de misión. «Son plenamente realizados en la Virgen y están a nuestro alcance por medio de ella», explicó.
Y agregó: «No dejemos que las angustias del mundo nos tapen este milagro que está delante de nuestros ojos».
Por eso, en un guiño a nuestro país, al que siempre se refirió como «gran nación», dijo que «España eligió bien cuando eligió a María Inmaculada como su patrona».
Al término de la Eucaristía, antes de cantar el Salve Regina, Pioppo agradeció la acogida a todos y confesó que había ofrecido la Misa por los difuntos de todos los presentes. En especial, lo hizo por los profesores españoles que contribuyeron en su formación, entre ellos, el padre Julio Manzanares.
También tuvo un recuerdo para Luiggi Dadaglio, nuncio en España entre 1967 y 1980. Son de la misma diócesis y Él fue quien sugirió que Pioppo comenzase los estudios diplomáticos.








