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Gema de Beas se quedó ciega a los 29 años: «Vivo mejor la discapacidad con fe»

La Iglesia española se suma al Día Internacional de la Discapacidad reivindicando que «todos hemos de caminar juntos, cada uno con nuestras capacidades —¡que son muchas! — y con nuestras discapacidades»

Dicen los obispos de la Comisión Episcopal para la Evangelización, la Catequesis y el Catecumenado en su mensaje para el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, que se celebra este martes, que la fe en Cristo no es solución a los problemas, «pero sí luz para dar sentido a lo que el mundo ve como oscuridad».

Y esto es lo que vive Gema de Beas, que se quedó ciega con 29 años. Y aunque, como añaden los obispos, siempre hay una rendija de luz que es singo de Jesús, encontrarla no fue fácil. Se puede entender. «Eché a Dios de mi vida, me reboté», reconoce en entrevista con ECCLESIA.

El drama que es, en ocasiones, la vida quiso que su hermana también perdiera la vista, justo dos semanas antes que ella. Pero a diferencia de ella, su hermana lo vivía con mucha fe, algo que hacía a Gema rebelarse todavía más.

Tocó fondo y fue una imagen del Niño Jesús la que la rescató de alguna manera. «Cuando me lo regalaron me dijeron que venía lleno de sufrimiento. Una hermana había fallecido, tras mucho sufrimiento, con él en los brazos y había pedido que se lo regalaran a alguien que lo necesitara. Cuando recordé esto, le pedí a Dios ayuda y me hizo caso», relata.

Luego fue volviendo poco a poco a la Iglesia, se casó —con un ciego— y se integró en una parroquia, a la que siempre iba a acompañada por su perro guía, «un feligrés más». Y en este contexto, llegó un milagro en su vida: su hija. Los médicos le decían que no podía tener hijos, que si se quedaba embarazada lo perdería o asumiría un riesgo muy alto para su propia salud. Casi cerró la puerta a la maternidad, pero se quedó embarazada y todo salió adelante.

Ahora no solo participa de la vida de fe en su parroquia en Madrid, sino que está implicada en los retiros de Emaús como servidora. En el último, fue invitada a dar su testimonio.

Su experiencia con la discapacidad en la Iglesia siempre ha sido buena. Se ha sentido acogida y bien tratada. Es cierto que señala que, a veces, y con buena intención, «la gente te incapacita», es decir, que piensa que está más limitada de lo que está. Aunque en la vida eclesial puede hacer de todo, se ve más limitada para hacer una tarea caritativa y social. «Lo echo en falta», asegura.

La discapacidad nos acompaña a todos

Para los obispos, «la discapacidad nos acompaña a todos», por lo que «aceptar nuestras limitaciones y luchar con ellas para seguir adelante es una actitud que manifiesta que la esperanza anida en nuestro corazón».

Y concluyen: «Todos hemos de caminar juntos, cada uno con nuestras capacidades —¡que son muchas! — y con nuestras discapacidades. Y si este nuestro caminar lo hacemos con esperanza, no solo haremos nuestro camino con el gozo de la fe, sino que regalaremos esta virtud tan necesaria en nuestro mundo. Nuestra sociedad tiene necesidad de testigos de esperanza. Las personas con discapacidad nos ofrecen su testimonio de lucha esperanzada, sabiendo que no caminan solos, sino que Cristo, nuestra esperanza viva, camina con ellos».

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