Sacerdote y educador, tuvo que huir de la Gestapo por su fe y convicciones. Fue capturado con una trampa y guillotinado en el mes de agosto de 1943
El 13 de agosto de 1943, el sacerdote marianista Jakob Gapp fue guillotinado por el régimen nazi. La ejecución duró solo nueve segundos, pero el eco de su testimonio reverbera firme en nuestro tiempo. «A las siete de la tarde voy a mi querido Salvador, al que siempre he amado profundamente. ¡No os entristezcáis por mí! Soy completamente feliz», escribe en su carta de despedida a su familia. «He sufrido, naturalmente —prosigue—, muchas horas penosas, pero también he podido prepararme muy bien a la muerte. Vivid valientemente y sufrid todo por amor a Dios, para que nos volvamos a ver en el cielo. (…) ¡Todo pasa, solo el cielo permanece!».
Su determinación impresionó, incluso, a Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo, quien comentó que si el millón de miembros del partido nazi estuvieran tan comprometidos como el padre Gapp, Alemania conquistaría el mundo sin dificultad. «Aprecia la palabra convicción. Escribe: “Hay que expresar sus convicciones como tales y no como probabilidades”. O también: “No podré hablar de mi fe a otros con plena convicción hasta que se haya hecho mía interiormente”. Otro término que le gusta, el de conciencia: “He creído, por razones de conciencia, que no podía actuar de otro modo, porque para mí la fe está muy por encima de todo”», en palabras de André-Joseph Fétis, superior general de la Compañía de María.
Medio siglo más tarde, la Iglesia reconocía el martirio del padre Jakob Gapp, al ser beatificado por Juan Pablo II el 24 de noviembre de 1996. Su memoria litúrgica se celebra el 13 de agosto, fecha de su ejecución, que coincide de manera providencial con el aniversario de su ingreso al noviciado marianista.
«Hablamos de un hombre de carne y hueso, no un semidiós», explica el padre Emilio Cárdenas, autor y editor del libro Todo pasa, solo el cielo permanece. Escritos del mártir Jakob Gapp (PPC), una recopilación de documentos «de excepcional valor histórico y espiritual» que se conforma como una ventana a la intimidad del sacerdote. En ellos, «el mismo reconoce sus debilidades —continúa—, como ser “inseguro, con muchas debilidades de alma, una excesiva nostalgia, debilidad que le llevaba a rehuir su entorno y buscar constantemente otro escenario”. Sus propios hermanos lo criticaban, señalando que “está fanatizado, no escucha (…)”. No era claramente “un santito”». Pero, a pesar de ello, «fue un hombre débil y fuerte con la gracia del Espíritu Santo. No fue su vida “ejemplar”, sino su martirio extraordinario, lo que llevó a la Iglesia a beatificarle».
Nacido en Wattens (Austria), el 26 de julio de 1897, Gapp sintió la llamada temprana a la vida religiosa, ingresando en los marianistas con 22 años y resultando ordenado a los 33. Desde muy pronto, el joven sacerdote se vio atrapado en un ambiente de violencia y tensiones políticas crecientes. Así, tras un profundo estudio de la doctrina nacionalsocialista, llegó a una conclusión firme: se trataba de una ideología intrínsecamente anticatólica. A partir de entonces, su oposición fue decidida.
Su convicción fue reforzada por la lectura de la encíclica Mit Brennender Sorge (Con ardiente preocupación, 1937), texto donde Pío XI criticaba con dureza el nazismo, y que tuvo que ser distribuido clandestinamente en Alemania. Una semana después, se publicaría también la complementaria Divini Redemptoris (Del Divino Redentor), sobre los peligros del marxismo ateo. En 1929, el mismo Papa había escrito Divini ilius magistri (Aquel Divino Maestro), sobre el derecho de los padres a educar a sus hijos, frente a la amenaza de los estados de monopolizar la educación de los jóvenes. «Puesto que Gapp era educador marianista —señala el padre Cárdenas—, estos temas le preocupaban mucho. Veía en el nazismo la gran amenaza contra la juventud, y sus convicciones le hicieron sublevarse contra la apisonadora ideológica».
Tras negarse a portar la cruz gamada, hacer el saludo nazi o recordarle a sus alumnos que «solo Dios es nuestro Dios, no Adolf Hitler», fue suspendido como profesor y perseguido por el régimen, por lo que sus superiores decidieron enviarlo a trabajar a Francia, primero, y más tarde a España. «El silencio es oro, a no ser que la conciencia me obligue a hablar», llegará a escribir.
Sin embargo, la policía secreta del Reich ya había puesto sus ojos en él. Le tendieron una trampa elaborada: dos hombres que se hicieron pasar por judíos sedientos de convertirse al catolicismo entablaron amistad con él. En noviembre de 1942, le invitaron a un paseo que acabó de manera distraída en la frontera con Francia. Allí, fue secuestrado por la Gestapo, que lo trasladó a Berlín, donde fue procesado como traidor a la patria. Las actas de los interrogatorios, preservadas hasta hoy, revelan su firmeza al defender su fe católica y su deseo de mantenerla con coherencia, aun a costa de su vida.
Cartas e interrogatorios
«Cuando el superior general me encargó este libro, poco a poco fui ahondando en su historia y sus textos», recuerda el padre Cárdenas. «Los que más me impresionaban eran sus cartas de despedida y el interrogatorio ante la Policía, en su proceso en Berlín. Su vida, escrita por el padre José María Salaverri, había sido ya muy bien publicada por PPC, pero sus escritos estaban solo parcialmente publicados, con textos entresacados. Todavía hace 15 años, viviendo yo entonces en Polonia, me lamentaba de que este interrogatorio no estuviera traducido al español».
El impulso vino de una carta recibida de parte del superior general, el padre Fétis, en 2020: «Deseo que se editen los escritos del P. Gapp en las tres lenguas oficiales de la SM, pues pienso que es un personaje que merece ser mejor conocido. He pensado que tú podrías ser el autor (…)».
La obra, que recoge todos sus escritos conocidos, incluyendo sus últimas cartas y el acta del interrogatorio de la Gestapo, es de gran importancia para la Compañía de María, ya que la historia de Gapp es la historia de la congregación en el siglo XX.
Respecto a la serenidad del sacerdote ante el martirio, el autor del libro explica que el beato «no era un hombre siempre sereno, sino más bien apasionado y no pocas veces impulsivo». Sin embargo, el tiempo de prisión le ayudó a santificarse a través de «su profunda oración y la recepción de los sacramentos». «Su proceso —escribe Fétis— es un impresionante acto de valentía y coraje. Su vida, aunque a menudo frágil e incierta, descansa sobre la verdad como sobre una roca».
Fue condenado a muerte el 2 de julio de 1943. «Después de haber luchado largo tiempo contra mí mismo, he llegado a considerar este día como el más hermoso de mi vida», escribirá en una de sus cartas de despedida. A su superior, le confesará que «he pasado por momentos realmente difíciles, pero ahora soy plenamente feliz. Creo que todo esto me ha ocurrido para que pueda santificarme en este tiempo de pruebas».
Al trazar paralelismos con los desafíos de nuestro mundo, el padre Cárdenas afirma que el mensaje del padre Gapp a los jóvenes cristianos de hoy, tentados por la indiferencia, el autoritarismo o el miedo, sería el de «despertar su conciencia para que no se dejen llevar por las ideologías dominantes». Sin embargo, matiza, lo central en su historia no es ninguna cuestión ideológica, sino «el amor fascinado por su “querido Salvador”, que es lo que le permitió resistir en el amor y la verdad».








