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Jesús Rico, obispo de Ávila: «Antes el sacerdote era alguien, hoy se lo tiene que ganar»

¿Cómo descubrió su vocación?
Es una historia muy sencilla. Mi familia era muy creyente y yo ya era monaguillo a los 12 años. Me enviaron al seminario menor de Valladolid y allí hice los estudios. El seminario lo llevaba la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Luego pasé al Aspirantado de los operarios en Salamanca, donde estudié Filosofía y Teología en la UPSA.

¿Por qué sacerdote operario?
Por contagio. Había personas que nos llamaban la atención. Me gustó la vida en equipo, verlos juntos siendo personas tan distintas.

Usted se ha dedicado a la formación de futuros sacerdotes. ¿Cómo han evolucionado los seminarios y los candidatos?
La sociedad, el contexto cultural y la juventud han cambiado. Los jóvenes que tenemos en los seminarios son de su época, con sus pros y contras, con la psicología propia de esta generación, un poco endeble, pero también con grandes valores. Antes, cuando yo me ordené, el sacerdote era alguien por el mero hecho de serlo, hoy se lo tiene que ganar a pulso. Una de las dimensiones que hay que cultivar con más intensidad es la humana.

Llevamos ya varios años con el nuevo plan de formación para seminaristas y sacerdotes. ¿Cómo valora su implantación en España?
Se va implantando. Una de las ventajas que tiene es la integralidad de todas las dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. No se puede prescindir de ninguna. Es un proceso. Nadie nace cura, nos vamos formando progresivamente.

¿Es más difícil responder hoy a la llamada al sacerdocio?
Es más difícil en el sentido de que lo religioso no es un valor como antes, ni está de moda. Pero si tenemos comunidades serias en las que se va madurando la fe, se celebra y acompaña a la gente, las vocaciones saldrán, no tantas como antes, pero saldrán. Tampoco hay que olvidar que el aspecto demográfico afecta.

Tampoco es fácil ser hoy sacerdote. Cada vez tienen más tienen tareas y sufren problemas como la soledad. ¿Cómo cuidarlos mejor?
Los sacerdotes se hacen y, por eso, desde el seminario hay que ir madurando en la dimensión humana. Y se necesita una fuerte espiritualidad para vivir el ministerio. Porque, ante tantas parroquias y actividades, se puede caer en la dispersión o convertirse en funcionarios. Hay que cultivar la dimensión de la profundidad en la fe, que es la que nos va a mantener. Sin ella no se puede ser un sacerdote leal y coherente.

¿Llega a Ávila con algún plan?
La diócesis lleva funcionando siglos, ha tenido su sínodo y tiene un plan pastoral. Lo que tengo que hacer es meterme en ese surco, escuchar mucho y desde ahí dar consistencia a lo que está programado. Habrá que abordar las unidades pastorales ante tantísimos pueblos y la formación del laicado.

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