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La Iglesia de Zimbabue florece con semilla española

La Jornada de Vocaciones Nativas se hace imprescindible para la formación integral de los pastores locales, como Eusebius Nyathi, obispo de Gokwe

Cuando el zaragozano José Alberto Serrano aterrizó en Rodesia del Sur en 1970, el mapa eclesial en el África austral era apenas un trasplante de la espiritualidad en Europa. El hecho religioso en la diócesis de Hwange se tejía entonces como una red de misiones sostenida por hombres extranjeros, junto a quienes no caminaba ni un solo sacerdote local. 

Serrano, hoy obispo emérito tras 52 años de servicio, recuerda cuando conoció a Robert Edward Ndlovu, quien sería el pionero de la Iglesia nativa en Hwange: «Ese encuentro con aquel joven que apuraba sus estudios en el seminario —y que sería ordenado dos años después— provocó en mí un sentimiento de admiración y de agradecimiento a Dios por su vocación», rememora para ECCLESIA.

 Pese a la situación de penuria económica que atravesaba el país, más de medio siglo después la realidad ha subvertido cualquier pronóstico pesimista. Lo que comenzó como una labor «callada y permanente» de cuidado a las vocaciones ha cristalizado en una Iglesia local vibrante. De aquel «cero absoluto» en el clero nativo de Hwange se ha pasado a una nómina que supera ya los 80 sacerdotes locales; de cuatro religiosas iniciales, a más de un centenar. 

Para Serrano, el éxito no se puede medir en una aritmética de las sotanas, sino en la transferencia de autoridad eclesial. En este sentido, la culminación de su sueño misionero no fue un templo de piedra, sino la ordenación de un obispo nativo para sucederle. En sus propias palabras, esta fue «la mayor alegría que un obispo misionero pueda tener: ver que la Iglesia ciertamente se hace local».

Este proceso de maduración en una Iglesia nueva es el corazón de la Jornada de Vocaciones Nativas 2026, que en España se celebra cada IV Domingo de Pascua. Este año, bajo el lema «Todos oramos por todos», no solo busca el sostenimiento económico de los futuros pastores en territorios de misión; también celebra que estos, el clero nativo, ya lleva las riendas de la Iglesia.

Monseñor Eusebius Nyathi, actual obispo de Gokwe y antiguo rector del Seminario Mayor Interdiocesano de Zimbabue, encarna esta nueva era. Para él, la fe ya no es un artículo de importación. «Hoy, el Evangelio no es algo que se recibe desde fuera; es algo profundamente arraigado en nuestra vida y en nuestra cultura», señala en una entrevista con ECCLESIA, con la seguridad de quien ha visto a su pueblo encontrar a Cristo no en abstracciones teológicas, sino «en sus familias, en sus comunidades y en la manera en que se cuidan unos a otros». La joven Iglesia de Zimbabue ha adoptado el rostro de una gran familia, donde la evangelización es «menos instrucción y más compartir la vida y la fe juntos».

Sin embargo, este florecimiento espiritual se enfrenta a una sempiterna precariedad económica. La formación de un sacerdote y/o de una religiosa en contextos de precariedad es uno de los principales desafíos que la Obra de San Pedro Apóstol —una de las cuatro Obras Misionales Pontificias (OMP)— está tratando de reforzar. Solo en 2025, el Fondo Universal de Solidaridad repartió cerca de 15,8 millones de euros para sostener a más de 90.000 seminaristas en 751 centros formativos de todo el mundo. Desde España se enviaron más de dos millones de euros.

Una ayuda vital

Monseñor Nyathi es tajante sobre la importancia de esta ayuda que llega desde lugares como España: «No es solo algo útil: es vital. Muchos de nosotros provenimos de contextos sencillos y, sin este apoyo, sería muy difícil continuar nuestra formación». El impacto va más allá de pagar las facturas o los estudios: para un seminarista en el interior de África, saberse apoyado por la catolicidad «nos recuerda que formamos parte de una Iglesia más amplia». 

Los seminarios zimbabuenses, según explica quien fuera su rector, se centran en la formación de hombres capaces de una «calidad espiritual y humana» excepcional. Se trata de cultivar una relación personal con Cristo en el centro de la oración, pero con los pies firmemente asentados en la comunidad. «Aprendemos a vivir con los demás, con paciencia, humildad y apertura. La vida comunitaria nos enseña la fraternidad de una manera muy práctica», afirma Nyathi. En este sentido, el apoyo de OMP asegura que el lugar de nacimiento no determine la calidad de la formación recibida, permitiendo que jóvenes de entornos rurales puedan decir «sí» a su vocación sin que la falta de zapatos o libros sea una adversidad insalvable.

El fenómeno de las vocaciones nativas representa, en última instancia, el éxito del mandato de Cristo: una Iglesia que deja de ser «misionada» para convertirse en «misionera». Monseñor Serrano observa con asombro cómo hoy son los propios sacerdotes zimbabuenses quienes se ofrecen para evangelizar otros países «con verdadero espíritu misionero». Es el círculo que se cierra: muchos de los que recibieron el don de la fe de manos españolas ya están listos para testimoniarlo. Nyathi coincide: «Aunque todavía nos faltan muchos sacerdotes, creo que, como nosotros hemos recibido, ha llegado ya la hora de compartirlo».

El legado de los misioneros

La Jornada de Vocaciones Nativas pretende asegurar la solidez de la Iglesia universal a partir de sus Iglesias particulares, compartiendo la fe y los recursos. Porque este clero diocesano y estas comunidades de religiosos locales son el «mejor legado de los misioneros», el fruto de muchas vidas gastadas por el Evangelio y que se encarnan finalmente en la cultura local.

Desde su lugar como emérito, Serrano se plantea qué le diría a aquel joven que partió de Zaragoza en 1970: «¿Verdad que ha merecido la pena? Sigue adelante hasta el final. Lo mejor está todavía por venir». Su mayor deseo para los jóvenes españoles de hoy es que no cierren la puerta a su propia vocación, entendiendo que una Iglesia sana es aquella que está «abierta a la cooperación con otras Iglesias, a dar y recibir».

«Mi esperanza es que la Iglesia en Zimbabue continúe creciendo como una Iglesia viva y misionera, cercana a la gente y arraigada en Cristo», concluye, por su parte, Nyathi. Gracias a los misioneros, benefactores remotos y sacerdotes locales, la buena noticia se sigue anunciando en la lengua de cada hogar en los lugares más remotos del globo. 

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