Conversamos con el periodista Jordi Pacheco, autor de León XIV y la Iglesia después de Francisco (Claret), sobre el inminente viaje apostólico del Pontífice a España
En vísperas del esperado viaje apostólico de León XIV a España, primero de un Papa a nuestro país desde 2011, la reflexión sobre el presente y el futuro de la Iglesia adquiere una relevancia especial en este particular adviento. En su libro León XIV y la Iglesia después de Francisco (Claret), el periodista y escritor Jordi Pacheco analiza la continuidad y las novedades que marcan el paso entre dos pontificados llamados a dejar una profunda huella en la vida eclesial. Con una mirada atenta a los procesos de reforma impulsados por Francisco y al estilo pastoral del nuevo papa, ofrece claves para comprender los desafíos de una Iglesia que busca seguir siendo sinodal, misionera y cercana a las periferias.
Conversamos con él sobre el legado de Francisco, las primeras decisiones de León XIV y el significado de una visita a España que muchos fieles esperan como un momento de renovación espiritual, encuentro y esperanza para la Iglesia del siglo XXI.
—¿Qué cree que vio el difunto Francisco en Robert Prevost para impulsarlo dentro de la Curia?
—Vio en él un pastor sinodal, con «olor a oveja», como pedía el papa Francisco. Se entregó al pueblo en sus diferentes etapas en Perú, la primera como misionero y la segunda como obispo. Sobre todo en esta última demostró ser un reconciliador, así en la Iglesia como en la sociedad peruana. Resolvió situaciones difíciles sin generar rupturas. En medio de estos dos períodos están sus años como prior general de los agustinos, donde también mostró sus dotes de liderazgo global con esas mismas virtudes.
—¿Diría que el carácter de Francisco hacía de alguien como Prevost un perfil inevitable como sucesor?
—Posiblemente, sí. Detrás de Francisco parecía claro que debía venir alguien que, como Prevost, fuera capaz de seguir impulsando la reforma sinodal: él vivió y promovió la sinodalidad de diferentes maneras a lo largo de su vida, como párroco, como obispo, como agustino y como cardenal prefecto del Dicasterio de Obispos. Al margen de esto, destaca su propio perfil, tan completo, pues tiene la doble faceta de pastor y de hombre de gobierno, algo muy necesario para liderar la Iglesia.
—Si tuviera que elegir, ¿apostaría a que León XIV será recordado como continuador, como pacificador o, contra todo pronóstico, como transformador?
—Me atrevería a decir que será recordado un poco por las tres cosas. Desde el punto de vista del discurso, continúa impulsando los procesos iniciados por Francisco, se expresa en términos similares, va hacia adelante. Al mismo tiempo ha pacificado, calmando las aguas entre los sectores que han observado con más recelo la línea impulsada por Bergoglio. Se siente libre para recuperar tradiciones defenestradas por su predecesor, como recuperar las residencias de Castel Gandolfo y el Palacio Apostólico, las vestiduras de Papa… de modo que en este aspecto también se puede considerar un transformador, aunque sea por el hecho de revertir algo que muchos daban por hecho que tras el papado anterior sería irreversible.
—En su libro, describe a León XIV desde esta continuidad, pero con otro estilo: ¿hay correcciones expresas al pontificado anterior?
—León XIV, como Francisco, mantiene que la Iglesia es casa de todos, todos, todos. Sin embargo, una diferencia es que evita incidir excesivamente en temas como la diversidad o la sexualidad, ya que considera que polarizan. Tiene claro que la unidad y la división de la Iglesia no deberá decidirse desde estos temas y prefiere dedicar su atención a otros que considera más importantes.
—¿Qué rasgos de León XIV diría que se están malinterpretando o no se están valorando suficientemente fuera de la Iglesia?
—Fuera del Vaticano, hay quien piensa que el Papa tiene una especie de superpoder para acabar con todos los problemas del mundo. Una visión sin duda errada: es un líder religioso, su papel —y él lo tiene asumido— es predicar el Evangelio, inspirar a los cristianos para que no se dejen arrastrar por los discursos de odio y por los delirios de los grandes sátrapas de nuestro tiempo. El hecho de tener clara su misión da solidez a su pontificado.
—Entonces, ¿la Iglesia después de Francisco está en una fase de consolidación o de repliegue?
—Está en fase de consolidación, si bien a un ritmo que quizás frustra a los más reformistas y tranquiliza a los llamados conservadores. Pero la idea de la Iglesia sinodal propuesta por Francisco no tiene marcha atrás. Tardará más o menos tiempo en penetrar, pero la Iglesia del futuro será de mesa redonda, como las últimas asambleas del Sínodo y los primeros consistorios de cardenales promovidos por Prevost.
—¿Qué cosas cree que teme o deberían temer la Iglesia, y en concreto el Papa, al dejar de contar con esa voz tan carismática de Francisco? ¿Y en qué puede hacerse fuerte desde el contraste de León XIV?
—Francisco acercó de nuevo a la fe a la Iglesia a mucha gente que se había alejado. Estuve en Santa Maria Mayor el día de su entierro, hablé con muchos fieles. Casi todos decían lo mismo: estoy aquí para agradecer al papa Francisco por haberme ayudado a recuperar la fe. Ese carisma y esa sencillez parece que llevaba a las personas de nuevo al núcleo del Evangelio. Por su parte, León XIV está llamado a seguir guiando a todas esas personas, con sus propias cartas. Que son las de un hijo de Agustín, un santo cuyo mensaje puede resultar tremendamente atractivo en estos tiempos en que parece emerger una fuerte necesidad de encontrar sentido a la vida, sobre todo entre los jóvenes. Los últimos papas han dicho que la Iglesia crece por atracción y no por proselitismo. Creo que León sabe mostrar la belleza de la fe cristiana y, por ende, hacerla atractiva.
—¿Hasta qué punto León XIV llega con un proyecto propio o lo va a construir desde la necesidad de equilibrar facciones?
—Su proyecto es el de seguir la línea trazada por el Vaticano II, que en su momento tal vez parecía más fácil de implementar de lo que acabó siendo. Pero para hacerlo necesita equilibrar facciones, generar consensos con el fin de hacerse ayudar por todos. Solo desde la estabilidad institucional podrá hacer avanzar a la Iglesia en la dirección deseada.
—¿Qué mensaje cree que va a lanzar desde España al resto de Europa y al mundo entero?
—Creo que lanzará ese principio de Evangelii Gaudium, del papa Francisco, que tan bien ha hecho suyo: la unidad es superior al conflicto. Desde nuestro país podrá hacer valer esa idea de que, a pesar de nuestras diferencias, la sociedad tiene que permanecer unida para afrontar los grandes desafíos de nuestro tiempo. La amistad social tiene que prevalecer por encima de todas las cosas. La intervención en el Congreso será una buena ocasión para hacer notar todo esto.
—¿Por qué León XIV ha efectuado su primer gran viaje a España?
—El viaje a España, tal como está diseñado, es una buena oportunidad para mostrar a Europa y al mundo lo que es la fe católica. Las reuniones con refugiados, presos y realidades de pobreza mostrarán una Iglesia samaritana; la visita a Montserrat hablará de una Iglesia orante, y la llegada a la Sagrada Familia mostrará el Evangelio en diálogo con la polis. Otros aspectos del viaje más institucionales y vinculados a Madrid, la capital, pondrán de manifiesto a su vez el deseo de construir puentes.
—¿Cómo habría sido un hipotético viaje apostólico a España de Francisco?
—Francisco, si hubiera tenido más tiempo, habría venido. Dejó claro que quería venir a las Islas Canarias, y a partir de ahí no creo que hubiera podido rechazar estar en el centenario de Gaudí, que es una razón muy poderosa para que venga el Papa. El viaje habría sido similar, pienso. León XIV viene porque, a fin de cuentas, después de tantos años, ya es hora de que un Papa visite España.








