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La experiencia más revolucionaria de mi vida

El matrimonio es tocar el Cielo con las manos, desde las migajas y el barro del día a día

El otro día un excompañero de trabajo de mi marido le llamó por teléfono para contarle que se iba a casar con su novia de toda la vida. Tras una larga conversación en la que estuvo fardando de nuestro hijo, que nació hace cinco meses y su amigo todavía no conoce, se quedó con la sensación de no haberle hablado de lo que realmente quería.

Porque nuestro niño es una preciosidad y una fuente de alegría, asombro y agradecimiento constante pero no es lo más revolucionario que nos ha pasado en la vida, sino un fruto maravilloso de ello. Lo más revolucionario, sin duda, ha sido el matrimonio. Un don que me hace comprender cada vez más lo que se celebraba el fin de semana pasado en el Congreso de Vocaciones, que la vida es vocación. Es decir, que es respuesta a una llamada. Que mi marido es el Señor que me llama, a través de un rostro concretísimo y queridísimo, para hacerme feliz.

Como escribía él después a su amigo, las cosas cotidianas de la vida, el trabajo, los amigos, el ocio… están adquiriendo para nosotros una profundidad nueva desde que nos hemos casado, puesto que la presencia cotidiana del otro es el signo inolvidable de que la vida es un bien.

En la presentación de la campaña “Matrimonio es más” de la Conferencia Episcopal Española, Miguel Garrigós, director de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida, partía de la convicción de que «el corazón está hecho para un amor para siempre». Mientras le escuchaba, yo pensaba, que nosotros, los cristianos, podemos gritar al mundo que el amor para siempre no solo es deseable, sino que es posible. Y no como en los cuentos de hadas o en los eslóganes de las marcas por san Valentín, sino en todas las circunstancias. También con la incomprensión, la enfermedad, las situaciones fáciles y las difíciles.

En el matrimonio hay discusiones, hay miserias, pero también hay perdón, porque es terreno sagrado. Como me dijo una buena amiga meses antes de casarme, cuando eres consciente de que el otro es la forma que ha elegido Dios para acercarse a ti y llevarte hacia Él no puedes gritarle, no se te ocurre tratarle mal.

Leía en ABC el artículo de José Luis Restán, presidente de Ábside Media, en el que decía, sobre la crisis de vocaciones en la Iglesia que «la verdadera crisis de fondo es la de la comprensión de la vida como vocación, es decir, como don y misión»; y que solo desde la pregunta de para quién somos «podemos comprender nuestra identidad: que no podemos concebirnos fuera de la relación con los hermanos, y que no podemos realizar nuestra humanidad sin seguir la pista del Infinito al que apuntan como signo todas las cosas que nos importan». Los que ya estamos sobre esa pista tenemos la responsabilidad de decirle al mundo que es posible tocar el Cielo con las manos, desde las migajas y el barro del día a día.

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