El Pontífice clausuró un encuentro sobre piedad popular, se reunió con obispos, sacerdotes y consagrados y celebró la Eucaristía en una visita de doce horas
El papa Francisco ha visitado este domingo la isla de Córcega (Francia), un viaje exprés de doce horas en el que ha clausurado un encuentro sobre piedad popular, se ha encontrado con la Iglesia local y ha presidido una Eucaristía. Como colofón, ha mantenido un encuentro privado con el presidente de Francia, Emmanuel Macron.
La visita ha sido corta, pero cargada de mensajes para Europa. Y lo ha hecho desde una de sus periferias, que es la isla de Córcega. Estas son algunas de las claves del último viaje de Francisco en 2024.
Piedad Popular
Francisco ha clausurado el congreso La religiosidad popular en el Mediterráneo. Y lo ha hecho con un discurso en el que reivindica la piedad popular como un modo, con gestos simples y lenguajes simbólicos de revelar «la presencia de Dios en la carne viva de la historia». También ha asegurado que fortalece la relación con la Iglesia y se transforma en ocasión de encuentro, de intercambio cultural y de fiesta.
Del mismo modo, Francisco ha advertido ante la instrumentalización de la piedad popular por parte de algunos grupos para fortalecer su identidad, alimentando «particularismos, antagonismos y posturas o actitudes excluyentes». «Esto no responde al espíritu cristiano de la piedad popular y nos interpela a todos, en particular a los pastores, para vigilar, discernir y promover una atención continua hacia las formas populares de la vida religiosa», ha asegurado.
Y tras recordar que la comunicación de la fe que hace la piedad popular influye en la sociedad, ha reivindicado que esta fe no es un hecho privado. «Debemos estar alerta a esta evolución, yo diría herética, de privatización de la fe».
«De la profesión de la fe cristiana y de la vida comunitaria animada por el Evangelio y los sacramentos, han surgido a lo largo de los siglos innumerables obras de solidaridad e instituciones como hospitales, escuelas, centros asistenciales, en las que los creyentes se han comprometido en beneficio de los necesitados y han contribuido al crecimiento del bien común. La piedad popular nos da esta ciudadanía constructiva», ha concluido.
Cuidado
En el encuentro con obispos, sacerdotes, vida consagrada, diáconos y seminaristas, Francisco ha hablado mucho de cuidado, no sin antes recordar que siempre tienen que poner a Cristo en el centro en todo lo que hagan.
En primer lugar, les ha señalado la importancia del cuidado de uno mismo. «¡El ministerio cansa! Hay que tenerle miedo a esas personas que están siempre activas, siempre en el centro, que quizá por demasiado celo nunca reposan, nunca toman una pausa para sí mismos. Hermanos, eso no es bueno, se necesitan espacios y momentos en los que cada sacerdote y cada persona consagrada cuiden de sí mismos», ha sentenciado.
También ha dicho que en el cuidado de uno mismo se da la fraternidad: «Aprendamos a compartir no solo el cansancio y los desafíos, sino también la alegría y la amistad entre nosotros».
En segundo lugar, se ha referido al cuidado de los demás. «La misión que cada uno de ustedes ha recibido tiene siempre un único objetivo: llevar a Jesús a los demás, dar a los corazones la consolación del Evangelio. […] La escucha, la cercanía a las personas, es también una invitación a encontrar, en el contexto de hoy, las vías pastorales más eficaces para la evangelización. No tengan miedo de cambiar, de revisar los viejos esquemas, de renovar el lenguaje de la fe, aprendiendo al mismo tiempo que la misión no es cuestión de estrategias humanas, es principalmente cuestión de fe».
La espera
En la Eucaristía, al comentar el Evangelio del tercer domingo de Adviento, el papa Francisco ha subrayado que hay dos forma de esperar al Mesía. La espera ansiosa y la desconfiada y la espera gozosa.
La primera es un modo de situarse lleno de desesperanza y ansiedad, de falta de fe y esperanza en la Providencia. «La angustia siempre nos arruina. No estén angustiados, desilusionados, tristes. ¡Cuán difundidos están hoy estos males espirituales, especialmente donde se propaga el consumismo! Una sociedad que vive del consumismo envejece insatisfecha, porque no sabe donar: quien vive para sí mismo nunca será feliz».
En frente está la espera gozosa: «Nuestra alegría no es una consolación ilusoria para hacernos olvidar las tristezas de la vida. No, no es una consolación ilusoria. Nuestra alegría es fruto del Espíritu Santo por la fe en Cristo Salvador, que llama a nuestro corazón, liberándolo de la tristeza y del aburrimiento. Por lo tanto, el Adviento del Señor se convierte en una fiesta llena de futuro para todos los pueblos: en compañía de Jesús, descubrimos la verdadera alegría de vivir y de dar los signos de esperanza que el mundo espera».








