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León XIV en la fiesta de la Asunción: «Cuando nacen los lazos con los que oponemos el bien al mal, entonces vemos que nada es imposible para Dios»

Desde Castel Gandolfo, el Papa ha recordado que «en María está nuestra historia, la historia de la Iglesia inmersa en la humanidad común»

Fiesta de la Asunción de la Virgen María. El papa León XIV la ha celebrado en Castel Gandolfo, a donde ha vuelto una vez más este verano tras el periodo de descanso de julio. Desde allí, desde la parroquia de Santo Tomás de Villanueva, ha recordado que en esta solemnidad también se celebra cómo Dios vende a la muerte, «nunca sin nosotros».

«En María de Nazaret está nuestra historia, la historia de la Iglesia inmersa en la humanidad común. Al encarnarse en ella, el Dios de la vida, el Dios de la libertad, venció a la muerte. Suyo es el reino, pero nuestro es el sí a su amor que todo puede cambiar», ha agregado.

Un sí que permanece, pues, según ha añadido, «podemos intuir que María somos nosotros cuando no huimos, cuando respondemos con nuestro sí a su sí». «En los mártires de nuestro tiempo, en los testigos de la fe y la justicia, de la mansedumbre y la paz, ese sí sigue vivo y sigue luchando contra la muerte. Así, este día de alegría es un día que nos compromete a elegir cómo y para quién vivir», ha subrayado.

El Papa comentó el pasaje evangélico del día, el de la Visitación, el momento en que cae en la cuenta de «la sorprendente fecundidad de la estéril Isabel confirmó a María en su confianza». Y ha continuado: «Le anticipó la fecundidad de su sí, que prolonga la fecundidad de la Iglesia y de toda la humanidad, cuando se acoge la Palabra renovadora de Dios. Ese día, dos mujeres se encontraron en la fe, luego permanecieron tres meses juntas para apoyarse mutuamente, no solo en las cosas prácticas, sino en una nueva forma de leer la historia».

De este modo, ha dicho el Pontífice, entra la resurrección en nuestro mundo, en el que parece prevalecer la muerte. «La vida de Dios interrumpe la desesperación a través de las experiencias concretas de fraternidad, a través de nuevos gestos de solidaridad. Antes de ser nuestro destino último, la Resurrección modifica nuestra forma de habitar la tierra», ha explicado.

Así, el canto de María, el Magníficat, «fortalece en la esperanza a los humildes, a los hambrientos, a los siervos laboriosos de Dios». «Son las mujeres y los hombres de las Bienaventuranzas, que aun en la tribulación ya ven lo invisible: los poderosos derrocados de sus tronos, los ricos con las manos vacías, las promesas de Dios cumplidas. Se trata de experiencias que, en cada comunidad cristiana, todos debemos poder decir que hemos vivido. Parecen imposibles, pero la Palabra de Dios sigue saliendo a la luz. Cuando nacen los lazos con los que oponemos el bien al mal, la vida a la muerte, entonces vemos que nada es imposible para Dios», ha concluido.

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