La presentación de Dilexi te por parte de la Santa Sede ha contado con las reflexiones de los cardenales Michael Czerny y Konrad Krajewski, así como del franciscano Frédéric-Marie Le Méhauté y la hermana Clémence, de las Hermanitas de Jesús
El Vaticano ha presentado en el día de hoy oficialmente la exhortación apostólica Dilexi te —Te he amado—, primer gran documento firmado por el papa León XIV. El texto magisterial, elaborado a cuatro manos —como se reconoce al inicio del mismo— fue iniciado e impulsado por el fallecido Francisco; heredado y culminado por el Papa agustino, y, finalmente, sellado en la muy simbólica fecha del 4 de octubre, festividad de san Francisco de Asís.
La presentación llevada a cabo en Roma ha estado conducida por Matteo Bruni, jefe de prensa de la Santa Sede, y ha contado con la intervención de los cardenales Michael Czerny —prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral— y Konrad Krajewski —limosnero de Su Santidad y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad—, así como del franciscano Frédéric-Marie Le Méhauté y la hermana Clémence, de las Hermanitas de Jesús, congregación muy cercana al papa Francisco.
La rueda de prensa —que se ha extendido durante 94 minutos y ha estado abierta a todo tipo de preguntas por parte de los medios de comunicación— ha servido para desgranar los principales mensajes de Dilexi te, cuyos 121 puntos recogen los pronunciamientos clave de la Iglesia sobre la desigualdad social, la pobreza y las responsabilidades de las naciones más ricas.
El cardenal Czerny ha sido el encargado de abrir la reflexión, destacando el rostro de los pobres como epifanía del reino de Dios. El prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha subrayado que la pobreza es tanto un «enorme problema social» como un «tema teológico». A través de los pobres, «Dios habla a la Iglesia» con el mensaje: «Dilexi te, te he amado». El purpurado también ha señalado que, al igual que al visitar a los enfermos, en la curación de las heridas —sean estas físicas, sociales o espirituales— la comunidad cristiana experimenta la salvación y proclama que «el reino de Dios abraza a los vulnerables».
Czerny ha abordado directamente y sin paños calientes las causas sistémicas de la exclusión social. La enseñanza reciente de la Iglesia reconoce que la pobreza es «el resultado de las estructuras del pecado». El egoísmo y la indiferencia se han consolidado en los sistemas económicos y culturales, generando una «economía que mata». Esta mentalidad dominante cuantifica el valor humano en términos de «productividad, consumo y beneficio», haciendo aceptable «descartar a los débiles y a los improductivos», lo cual merece la etiqueta de «pecado social».
La respuesta de la Iglesia, a su juicio, debe trascender las ayudas y donaciones, enfocándose en la promoción de la justicia y la conversión de las estructuras sociales. Esto implica denunciar «la falsa imparcialidad del mercado» y fomentar un «arrepentimiento comunitario o social» que devuelva la dignidad a los invisibles y les ayude a desarrollarse plenamente. El cardenal también ha recordado la enseñanza de san Juan Pablo II, alentando a los pobres a convertirse en «protagonistas de la transformación eclesial y social», destacando que, gracias a su «energía moral», pueden ser «portadores de esperanza» y «constructores de un destino común».
Finalmente, el purpurado ha afirmado que la Promoción del Desarrollo Humano Integral entrelaza tres pilares esenciales de la Doctrina Social de la Iglesia: la educación, la Eucaristía y el servicio. La educación es definida como «el primer acto de justicia» porque libera a las personas de la pobreza espiritual. Czerny ha citado a León XIV y al papa Francisco para afirmar que «no habrá paz mientras se descuide y se abuse de los pobres y del planeta». Solo una sociedad que coloque a «los descartados» en el centro puede ser pacífica, pues, como decía la Madre Teresa, los pobres «no necesitan nuestra compasión, sino nuestro amor respetuoso».
Por su parte, el cardenal Konrad Krajewski ha puesto el acento en la actitud de caridad inmediata de la Iglesia. El limosnero de Su Santidad y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad ha recordado que la historia de la Iglesia en la atención a los vulnerables es «bimilenaria». Citando el Evangelio, ha explicado que el amor cristiano se traduce en el «hoy», ya que Cristo «va a casa de Zaqueo ahora mismo, manda dar de comer a las multitudes ahora».
El cardenal ha afirmado que «el amor a quienes son pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Cristo». La atención a los necesitados debe ser constante, porque «es en los pobres donde la Iglesia reconoce el rostro de Cristo». En este contexto, ha relatado una anécdota personal con Francisco, en la que se lamentaba por no poder cubrir todas las necesidades, a lo que el difunto Papa le respondió: «Ayudas directamente a Cristo… y ¿te lamentas?».
El cardenal Krajewski ha concluido su intervención abordando la cuestión de la limosna, la cual, pese a «no gozar de buena fama, a menudo incluso entre los creyentes», ocupa la última parte de la exhortación apostólica firmada por León XIV.
Por su parte, el hermano Frédéric-Marie Le Méhauté ha centrado su intervención en el profundo amor de Dios por los últimos y el cambio radical de perspectiva que exige la exhortación. El religioso ha señalado que el punto de partida de Dilexi te es el «profundo amor de Dios por una comunidad frágil», recordando que los pobres no están allí «por casualidad ni por un destino ciego y amargo», sino que son generados por «las estructuras del pecado que generan pobreza y desigualdades extremas». El fraile franciscano ha reconocido que esta realidad nos confronta, citando al Papa: «Nos sentimos más cómodos sin los pobres», pues su presencia altera nuestras costumbres.
Así las cosas, el orador ha subrayado la invitación de la exhortación a cambiar la perspectiva: los pobres son, más que un problema, «una cuestión de familia», ya que «son de los nuestros», pues Dios mismo los elige en primer lugar. Le Méhauté ha enfatizado que esta lógica divina parte de los excluidos, de la «piedra desechada». Así, el compromiso con ellos no es solo una consecuencia de la fe, sino una «epifanía», un «acto casi litúrgico», dado que «no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres».
Un punto «vital» de la intervención del religioso ha sido la necesidad de aprender a actuar con los pobres, e incluso «con ellos y como ellos», reconociendo que no son meramente «objetos de nuestra compasión». Le Méhauté ha destacado que la «realidad se ve mejor desde los márgenes» y que las personas en situación de pobreza poseen una «inteligencia particular que es indispensable para la Iglesia y la humanidad». Esta sabiduría les permite no solo sufrir la aceleración de los problemas contemporáneos, sino también afrontarlos y pensarlos, siendo así sujetos activos y portadores de soluciones reales.
Basándose en esta inteligencia, Dilexi te se convierte, en su opinión, en una denuncia de una política y una economía gobernadas por una «minoría feliz», la cual acumula riquezas e impone «sacrificios al pueblo para alcanzar ciertos objetivos que conciernen a los poderosos». En síntesis, Le Méhauté ha concluido que la exhortación presenta una teología de la revelación que brota de la misericordia, una eclesiología de la diaconía y una ética social que vincula la solidaridad con la lucha por la justicia, con el propósito de construir una sociedad y una Iglesia donde «nadie se sienta abandonado».
Por último, la hermanita Clémence ha ofrecido un conmovedor testimonio personal, compartiendo sus años de vida junto a la comunidad romaní en el sur de Italia. Ha comenzado deseando que algunas mujeres de esa comunidad, como Lacri o Pana, pudieran estar allí, destacando que estas son «doblemente pobres». No obstante, en ellas encontró «los gestos más admirables de heroísmo cotidiano en la protección y el cuidado de la fragilidad de sus familias», una realidad que la exhortación también reconoce.
Clémence ha narrado un episodio que ilustra la profunda humanidad de esta comunidad, recordando a Ancuza entrando en su chabola y partiendo un panecillo caliente «para la cena de esta noche», por lo que, pese a que materialmente son pobres, son «ricos en humanidad». Aunque no hayan estudiado, muchas de estas personas poseen una «sabiduría que se forja a través de la experiencia de la precariedad y que fomenta la solidaridad y el compartir». Y la religiosa también ha invitado a reconocer la «misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos», tal como lo pide el Santo Padre.
La hermanita también ha relatado la experiencia de fe de una mujer llamada Luminiza, quien sintió profundamente la frase «Yo te he amado». Luminiza le dijo: «Yo era como una oveja perdida y rebelde, y él, el Señor, vino a buscarme, me tomó sobre sus hombros, así, y caminó conmigo». Clémence ha confesado admirar, y hasta envidiar, aquella relación, pues «los pobres son precisamente quienes nos evangelizan: la fe de los excluidos es la más sencilla y concreta».
Por último, Clémence ha querido describir un incendio que destruyó la mitad de las chabolas en 2014. En medio del desastre, no hubo quejas entre sus vecinos, sino una «letanía de alabanzas» y frases como: «¡Gracias a Dios, todos estamos vivos!» y «Dios nos ha acompañado hasta aquí, no nos abandonará». En ese momento, descubrió en ellos a sus «maestros espirituales» por su capacidad de centrarse en lo esencial: la vida y la confianza en la Providencia. La hermanita ha concluido agradeciendo la exhortación, pues le ha servido para recordar que el pobre no es solo alguien a quien ayudar, sino la «presencia sacramental del Señor», y la ha exhortado a construir una Iglesia «con los pobres».
Todos los intervinientes han coincidido en que el mensaje central de Dilexi te es programático para una Iglesia «que no pone límites al amor» y que se propone construir una sociedad donde «nadie se sienta abandonado».








