Junto a su marido, Quique Mira, ha puesto en marcha Proyecto Caná, una academia online para novios.
María Lorenzo está convencida de que el amor también se aprende, y de que el noviazgo es el mejor momento para aprenderlo. Con esa idea, ella y su marido Quique Mira —ambos misioneros digitales— han puesto en marcha Proyecto Caná, una academia online para novios que prepara para el matrimonio a la luz del Evangelio y con los pies en la vida real. Hablamos con ella de discernimiento, de sexualidad sin tabúes, del vértigo del «para siempre» y de por qué a veces el mejor final de un noviazgo es un «no».
¿De dónde nace Proyecto Caná? ¿Qué vacío detectasteis Quique y tú para lanzar una academia online sobre el amor humano «a la luz del Evangelio»?
Proyecto Caná nace, en gran parte, de nuestra propia experiencia. Quique y yo hemos tenido la suerte de poder formarnos mucho en temas de afectividad, matrimonio y fe, y nos hemos dado cuenta de cuánto cambia una relación cuando uno empieza a hacerse preguntas de fondo sobre el amor.
Veíamos que hay muchísima información sobre cómo tener pareja, cómo ligar, cómo vivir una relación… pero muy poca formación que ayude realmente a preguntarse: ¿qué es el amor?, ¿para qué estoy hecho?, ¿cómo sé si esta persona es para mí?, ¿cómo puedo quererla de verdad?, ¿qué significa entregar mi vida a otra persona?
Y especialmente nos llamaba la atención que muchas parejas llegan al matrimonio queriéndose muchísimo, pero sin haber hablado o trabajado cuestiones fundamentales. No porque no les importen, sino porque nadie les ha enseñado a hacerlo.
Por eso quisimos crear un espacio en el que pudiéramos hablar del amor humano desde una mirada cristiana, pero aterrizada en la vida real. No se trata simplemente de dar contenidos, sino de ayudar a las parejas a conocerse, a hacerse preguntas y a aprender a quererse mejor.
Caná es el lugar del primer milagro de Jesús, en una boda y a petición de María. ¿Por qué ese nombre y qué queréis que evoque en las parejas?
Caná nos parece una imagen preciosa de lo que queremos transmitir. Jesús decide hacer su primer milagro precisamente en una boda. Y lo hace porque allí hay una necesidad concreta: se ha acabado el vino. María la ve, se da cuenta y se la presenta a Jesús.
Para nosotros hay algo muy bonito ahí: Jesús está presente en la vida de una pareja, también en sus necesidades más cotidianas. Y María nos enseña a llevarle a Jesús aquello que nosotros solos no sabemos solucionar.
Además, en Caná Jesús transforma el agua en vino. Y creemos que eso también es una imagen muy bonita del matrimonio: el amor humano es algo precioso, pero cuando se abre a Dios, Él puede llevarlo mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de hacer por nuestras propias fuerzas.
Vuestro primer curso se llama «Noviazgo de 3». ¿Qué hay detrás de ese título y por qué el noviazgo —y no solo el matrimonio— merece una preparación seria?
El «3» hace referencia a que entendemos el noviazgo como una relación de tres: él, ella y Dios. No porque Dios tenga que estar en medio de absolutamente todas las conversaciones de una pareja, sino porque creemos que el amor está llamado a abrirse a algo mucho más grande que nosotros mismos.
Y escogimos empezar por el noviazgo porque creemos que muchas veces hablamos de preparación al matrimonio cuando ya hemos llegado demasiado tarde. El matrimonio no empieza el día de la boda. Se empieza a construir muchísimo antes.
El noviazgo es precisamente el momento para conocerse de verdad, para descubrir cómo ama el otro, cómo afronta las dificultades, cómo vive su fe, qué proyecto de vida tiene, cómo entiende la familia, el dinero, la sexualidad, los hijos… y también para discernir si realmente estamos llamados a casarnos.
Por eso creemos que el noviazgo merece una preparación seria. Porque no es simplemente una etapa bonita que hay que disfrutar hasta que llegue «el siguiente paso». Es un tiempo de discernimiento y de crecimiento que puede marcar toda una vida.
Decís que «a menudo no existe una preparación equivalente a la magnitud» de la decisión de casarse. ¿Por qué crees que hoy se prepara tan poco algo que es para toda la vida?
Creo que, en parte, porque hemos normalizado preparar muchísimo la boda y muy poco el matrimonio. Podemos pasar meses preparando un día: el lugar, las flores, el vestido, la música, el menú… y, sin embargo, dedicar muy poco tiempo a preguntarnos cómo queremos vivir los próximos cincuenta años juntos.
También creo que hay una dificultad cultural para pensar en términos de «para toda la vida». Estamos acostumbrados a que, cuando algo deja de funcionar, se cambia. Y eso afecta también a nuestra manera de entender las relaciones.
Pero hay otra cosa: muchas veces nadie nos ha enseñado que el amor también se aprende. Pensamos que, si queremos mucho a una persona, ya sabemos quererla. Y no necesariamente es así. Querer a alguien de verdad requiere aprender a escuchar, a perdonar, a pedir perdón, comunicar lo que necesitamos, a gestionar los conflictos, a renunciar al egoísmo… y todo eso se puede y se debe trabajar.
El curso trabaja comunicación, gestión de conflictos, sexualidad, discernimiento… De todo eso, ¿qué es lo que más cuesta a las parejas jóvenes y dónde suelen tropezar?
Creo que uno de los grandes problemas es que muchas parejas tienen buena intención, pero les faltan herramientas.
Por ejemplo, pueden quererse muchísimo y, sin embargo, no saber discutir bien. No saber expresar una necesidad sin atacar al otro. No saber escuchar sin estar pensando en cómo defenderse. O pueden tener un conflicto y pensar que, si realmente fueran la pareja adecuada, no discutirían.
También cuesta mucho discernir. Vivimos en una cultura en la que parece que tener dudas es malo, cuando precisamente el noviazgo es el momento de hacerse preguntas importantes.
Y la sexualidad también es un área en la que encontramos muchas veces una mezcla de deseo, miedo, expectativas, heridas y mucha información recibida de fuera. Hace falta poder hablar de ella con naturalidad, con profundidad y sin reducirla simplemente a una lista de «cosas que se pueden hacer y cosas que no».
Tratáis con muchos novios y matrimonios jóvenes. ¿Qué veis hoy en las parejas jóvenes que os preocupa y qué, en cambio, os da esperanza?
Nos preocupa que muchas veces existe un miedo enorme a comprometerse y, al mismo tiempo, una idealización enorme del amor. Se espera que la pareja te haga feliz, te complete, te entienda siempre, que todo fluya… y cuando aparece la dificultad se interpreta como una señal de que algo no funciona.
También nos preocupa la cantidad de ruido que hay alrededor del amor. Redes sociales, pornografía, modelos de relaciones muy superficiales… Todo eso acaba influyendo en cómo entendemos nuestro propio vínculo.
Pero hay muchísimo que nos da esperanza. Nos encontramos con jóvenes que sí quieren amar bien. Que quieren casarse, formar una familia, vivir su fe y construir algo para toda la vida. Y que además tienen una enorme capacidad para hacerse preguntas profundas cuando encuentran un espacio donde poder planteárselas.
A veces creo que no es que los jóvenes no quieran comprometerse. Es que necesitan descubrir que el compromiso no es una pérdida de libertad, sino una forma de vivirla de una manera mucho más plena.
A muchos jóvenes les pesa el miedo al «para siempre». ¿Cómo se acompaña ese miedo sin rebajar la verdad del compromiso?
Creo que no hay que intentar eliminar ese miedo con frases bonitas. El «para siempre» impresiona porque realmente es algo enorme. La cuestión es cambiar la pregunta. No se trata tanto de pensar: «¿Seré capaz de querer a esta persona durante cincuenta años?», porque evidentemente ninguno de nosotros sabe cómo será dentro de cincuenta años.
La pregunta es: «¿Quiero entregarme hoy a esta persona y construir con ella una vida abierta a Dios?» El matrimonio no consiste en confiar únicamente en nuestras fuerzas. Para nosotros, el sacramento tiene precisamente ese sentido: Dios entra en esa alianza y sostiene un amor que los esposos, por sí solos, no podrían vivir con toda su profundidad.
El «para siempre» no debería entenderse como una condena a aguantar, sino como la belleza de poder decirle a alguien: «te elijo y voy a aprender a amarte todos los días de mi vida».
En los vídeos compartís vuestra propia experiencia. ¿Qué dificultad real de vuestro camino os habéis atrevido a contar porque puede ayudar a otros?
Una de las cosas que más compartimos es precisamente que nuestro noviazgo no ha sido perfecto ni hemos sabido querernos bien desde el principio. Hemos tenido discusiones, hemos tenido momentos de no entendernos, hemos tenido que aprender a comunicarnos y también a descubrir que muchas veces el problema no estaba en el otro, sino en nuestra propia manera de mirar las cosas.
Y creo que eso es importante porque existe una imagen muy peligrosa de las parejas cristianas: parece que, si tienes fe y quieres vivir un noviazgo cristiano, todo debería ser fácil. Nosotros no queremos mostrar una relación perfecta. Queremos mostrar una relación real en la que dos personas imperfectas intentan aprender a quererse y dejan que Dios vaya transformando esa manera de amar.
La sexualidad es de los temas que más se evita en la formación cristiana, o se reduce a prohibiciones. ¿Cómo lo abordáis vosotros?
Intentamos partir de algo muy sencillo: la sexualidad es buena porque Dios la ha creado buena. Para nosotros no tiene sentido hablar de sexualidad cristiana empezando únicamente por las prohibiciones. Primero hay que entender qué significa el cuerpo, qué significa entregarse, qué significa que la sexualidad expresa una alianza y qué relación existe entre amor, cuerpo, libertad y fecundidad.
Y desde ahí también se entiende por qué la Iglesia propone determinadas formas de vivirla. No como una colección de «noes», sino como una propuesta sobre el amor. Queremos que los jóvenes puedan hablar de sexualidad sin vergüenza y sin miedo, pero también sin caer en el otro extremo de pensar que todo vale mientras exista deseo.
A veces preparar bien un noviazgo también sirve para descubrir que esa relación no debe seguir. ¿Ayudáis también a discernir un «no»?
Sí. Y para nosotros es una parte fundamental del noviazgo.
A veces parece que el objetivo de un noviazgo es llegar a casarse. Nosotros creemos que el objetivo es discernir si estamos llamados a casarnos con esa persona. Y eso significa que un «no» también puede ser una respuesta buena. Si durante el noviazgo descubro algo fundamental que me hace ver que no podemos construir juntos el matrimonio al que estamos llamados, cuanto antes lo vea, mejor.
No creemos que romper una relación signifique que ha sido un fracaso. Un noviazgo puede haber sido bueno, verdadero y haber ayudado muchísimo a dos personas, aunque finalmente descubran que no deben casarse.
Mucho de lo que consumen los jóvenes sobre el amor viene de redes, series o incluso la pornografía. ¿Contra qué relato estáis remando?
Creo que remamos contra el relato de que amar es sentir. Contra la idea de que si ya no siento lo mismo, entonces ya no amo. Contra la idea de que mi pareja existe para hacerme feliz. Contra la idea de que tengo que encontrar a «mi media naranja», como si hubiese una persona perfecta que va a resolver todos mis problemas.
Frente a eso queremos recuperar el amor como don, como elección, como entrega y como camino de santidad.
Habláis de relaciones «con bases sólidas y centradas en Dios». ¿Qué papel juega la fe en un noviazgo, y qué pasa cuando los dos no la comparten por igual?
Para nosotros la fe no es un tema más de la relación. Es una manera de entender toda la vida y, por tanto, también el amor. Cuando los dos comparten la fe, hay una manera común de entender qué es el matrimonio, qué significa la entrega, qué lugar tiene Dios, qué familia quieren construir… y eso es una riqueza enorme.
Cuando los dos no la comparten por igual, no significa automáticamente que la relación no pueda salir adelante, pero sí que hay preguntas que es muy importante hacerse con mucha sinceridad. ¿Qué lugar va a ocupar Dios en nuestra familia? ¿Cómo educaremos a nuestros hijos? ¿Qué estamos dispuestos a vivir y qué no?
No se trata de convencer al otro ni de utilizar la fe como una herramienta para que cambie. Se trata de mirar la realidad de frente y discernir si podemos construir una vida común respetando de verdad aquello que para cada uno es fundamental.
¿Qué le diríais a una pareja joven que quiere casarse pero le aterra acabar como tantos matrimonios rotos que ha visto de cerca?
Que ese miedo merece ser escuchado, pero no tiene por qué tener la última palabra.
Ver matrimonios rotos puede hacer que uno piense: «¿Y si nos pasa a nosotros?». Y es una pregunta legítima. Precisamente por eso creemos tanto en la preparación.
No podemos garantizar que la vida vaya a ser fácil. Lo que sí podemos hacer es aprender a construir un matrimonio sólido, conocer nuestras fortalezas y nuestras heridas, aprender a comunicarnos, saber pedir ayuda cuando la necesitemos y, sobre todo, entender que el matrimonio no es solamente un proyecto de dos.
Nosotros no nos casamos porque pensáramos que nunca tendríamos dificultades. Nos casamos porque creemos que merece la pena entregar la vida por amor y porque creemos que Dios nos acompaña en esa entrega.
En octubre, el papa León XIV reúne en el Vaticano a los presidentes de las conferencias episcopales para relanzar la pastoral familiar diez años después de Amoris laetitia, con el foco en acompañar a las parejas jóvenes en su crecimiento afectivo y relacional. ¿Sentís que Proyecto Caná va en esa misma línea?
Sí, totalmente. De hecho, nos alegra muchísimo que la Iglesia ponga de nuevo el foco en la necesidad de acompañar a las familias y de buscar nuevas formas de anunciar el Evangelio en este ámbito.
Proyecto Caná nace con esa misma inquietud: ¿cómo podemos acercar la belleza de lo que la Iglesia propone sobre el amor a las parejas jóvenes de hoy? Y creemos que hay que hacerlo de una manera cercana, comprensible y muy pegada a la realidad.
No pretendemos sustituir el acompañamiento de la Iglesia ni la formación que se ofrece desde las parroquias. Queremos sumar. Utilizar también las herramientas que hoy utilizan los jóvenes —internet, redes, formación online— para poder llegar a ellos allí donde están.
La Iglesia insiste mucho en el acompañamiento. ¿Qué le falta a la preparación al matrimonio que se ofrece hoy en muchas parroquias, y qué puede aportar un proyecto como el vuestro?
Creo que muchas veces la preparación al matrimonio tiene una dificultad: se concentra mucho contenido en muy poco tiempo. Y es comprensible. Las parroquias tienen unos recursos y unos tiempos determinados. Pero creemos que preparar un matrimonio necesita algo más que recibir información. Necesita conversación, tiempo, preguntas, intimidad y trabajo en pareja.
Por eso Noviazgo de 3 está pensado para que la pareja no simplemente vea unos vídeos, sino que viva una experiencia juntos. Cada módulo plantea un tema, pero después tienen que trabajarlo, hablarlo y llevarlo a su propia relación. Y ahí creemos que está nuestra aportación: crear un espacio accesible y flexible donde los novios puedan parar, mirarse, hablar y hacerse preguntas que quizá nunca se habían hecho.
Lo que queremos hacer con Proyecto Caná: acompañar a los jóvenes a descubrir que el amor cristiano no es una lista de normas, sino una aventura preciosa para la que merece la pena prepararse.






