En el cuarto aniversario de la invasión rusa a gran escala, la religiosa dominica relata cómo es la vida bajo los bombardeos y la esperanza de un pueblo que se niega a rendirse
Hoy, 24 de febrero de 2026, se cumplen cuatro años desde que la invasión rusa de Ucrania cambiara el mapa de Europa y las vidas de millones de personas en todo el continente. En el corazón de Kiev, la misionera dominica María Mayo, de 76 años, continúa su labor junto a sus hermanas, siendo testigo directo de un conflicto que, según recuerda, se extiende mucho más atrás en el tiempo: «Es muy importante saber que el pueblo ucraniano no lleva cuatro, sino doce años trabajando en la resistencia». Mayo hace referencia a los enfrentamientos previos en Crimea y el Donbás, subrayando que el dolor no ha cambiado: «Las viudas de guerra de ahora sufren lo mismo que las de antes, los niños desaparecidos y los ataques a la población civil… es igual».
Tras ser repatriadas forzosamente en 2022 por la embajada española en una evacuación protegida por los Geos, las misioneras no descansaron hasta volver a su misión en marzo de 2023. Al recuperar la «Casa de los niños» (Dim Ditey), tras 25 años de labor previa a la guerra, el reencuentro con la comunidad fue agridulce. «Fue muy emocionante, lloramos todos de vernos vivos, y ver cómo estábamos… faltaba gente que lógicamente había muerto, hay niños de Bucha e Irpin a los que no hemos vuelto a ver desde la guerra», relata conmovida la misionera.
A pesar del horror, Mayo destaca lo que denomina una «guerra con vida», asombrada por la capacidad de reconstrucción de los ucranianos: «No es una guerra en la que estemos de brazos cruzados… Cada vez que algo se destruye, pronto intentan reconstruirlo». Incluso en los momentos más oscuros, ha visto exposiciones de flores en las calles, algo que define como una «manera de vivir, pero viviendo de verdad, en medio de una guerra».
La realidad diaria en Kiev sigue siendo extrema, denuncia. La comunidad religiosa ha convertido un semisótano en refugio, al que acuden guiadas por aplicaciones móviles que alertan sobre la trayectoria de misiles y drones minutos antes del impacto. En este contexto, la asistencia de los niños a su centro es ahora muy irregular, dependiendo del frío y la intensidad de los ataques.
María Mayo confiesa que, aunque su experiencia previa en la República Democrática del Congo la curtió, la incertidumbre persiste: «Nunca he sentido miedo, pero a veces sí te sientes paralizada sin saber qué hacer». Por ello, su petición en este aniversario no es material, sino espiritual, pues solitica oración para «sostener la alegría de cada día» y para «saber improvisar, saber estar disponibles» ante las circunstancias cambiantes de un país que sigue luchando por su futuro.








