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Monastaerio de Sahagún

Navidad en el monasterio

Entramos en la comunidad benedictina de la Santa Cruz en Sahagún (León) para conocer el día a día de las monjas y cómo preparan el nacimiento de Cristo

Con 16 años, Marta hizo una excursión a Leyre con su instituto. Con el dinero que le había dado su madre para recuerdos y refrescos, se compró una Regla de san Benito. Durante el camino de vuelta a Ciudad Real, la devoró en el autobús. Al llegar a casa, rastreó en internet qué monasterios benedictinos había en España y escribió un correo electrónico al de Santa Cruz, en Sahagún, provincia de León: quería saber si aplicaban la Regla de san Benito en su totalidad y qué había que hacer para ser monja. En cuanto a la primera cuestión, recibió una respuesta más flexible de la esperada y, para la segunda, dos condiciones: cumplir la mayoría de edad y haber finalizado los estudios. Once años después, sor Marta ensaya las muy solemnes y muy bellas Antífonas de la O junto al coro de sus hermanas. Estos cantos, invocación y aclamación en latín al Mesías, se entonan en su iglesia desde siete días antes de Nochebuena siguiendo una estricta jerarquía monástica: el 17 de diciembre, corresponde a la abadesa; el 18, a la priora; el 19, a la subpriora… y así hasta desembocar en el nacimiento de Cristo.

En el coro del monasterio, desentona en ocasiones una voz muy fervorosa pero no del todo afinada, de una señora muy mayor y que no viste los hábitos: la abuela. Natividad, de 96 años, no es monja benedictina, sino la madre de la madre abadesa, sor María Anunciación. Porque una de las ventajas del monasterio de Santa Cruz es que los padres de las hermanas pueden venir a vivir aquí cuando son mayores, sufren dependencia o soledad. «Las chicas la quieren muchísimo, somos una familia», comenta visiblemente emocionada María Anunciación. De hecho, cuando la propia abadesa previene a su madre de que no se separe demasiado del coro, son las hermanas quienes interceden por ella para que tenga comprensión y abra la mano. Del mismo modo, «cuando durante alguna cena tengo que decir que “esto no se hace así” o “hay que hacer esto mejor”, salta la abuela y las defiende a ellas, diciendo que “bueno, no seas tan dura”, que “ya lo harán mejor la próxima vez…”», se ríe la madre abadesa.

Cuando llegamos al monasterio benedictino de Santa Cruz, sor Marta está ayudando a Natividad a llegar al comedor con delicadeza, paciencia y dulzura. La abuela no es la única veterana de la casa: sor Josefina tiene 91 años y sor María José, 90. Una necesita de una silla de ruedas para desplazarse y otra ha sufrido recientemente un ictus. La media de edad de las benedictinas de Sahagún es de 53 años, explica su abadesa con orgullo. De las ocho religiosas que forman la comunidad, solo cinco están en condiciones físicas de trabajar. De estas, Jennifer, postulante de 24 años, tampoco está disponible, ya que ha tenido que regresar a Honduras para arreglar sus papeles. A las cuatro restantes —sor Marta y sor María Anunciación, junto a sor María Gabriela y sor María Alfonsa, de nacionalidad nigeriana— se les acumula el trabajo, pues deben atender el museo de arte sacro que custodia la orden, el obrador de dulces, el taller de cosmética, la portería, la lavandería y la limpieza de la casa, el cuidado de los enfermos, la cocina, el acompañamiento espiritual de peregrinos o la formación de las jóvenes, entre otras muchas tareas, además de su ingente labor de oración. «Cuando no podemos rezar el Rosario paseando por los claustros, lo rezamos mientras empaquetamos cajas de amarguillos o envolvemos polvorones o jabón», bromea sor María Anunciación, siempre con una sonrisa de aceptación. Cómo estas mujeres son capaces de armonizar la actividad que desprenden con la paz de que gozan es un misterio, un encanto y una escuela de vida para el visitante.

Nuestra llegada coincide con la temporada alta de venta de dulces para Navidad. Los claustros, luminosos y floridos, esconden en cada esquina cajas de cartón, rodillos de embalar y pedidos a punto de ser enviados. «Tenemos que aprovechar, porque luego, desde Reyes hasta Pascua, no vendemos nada. No tenemos ni para comer», reconoce la madre abadesa. Fieles a la Regla de san Benito de vivir de lo que trabajen sus manos, las hermanas benedictinas de Sahagún elaboran hasta nueve dulces en su obrador de acuerdo con algunas recetas centenarias —y es que llevan aquí desde el siglo XVI—: polvorones, amarguillos, roscas de san Benito, hojaldres leoneses, mantecados, coquitos, pastas de té, galletas del peregrino y almendras garrapiñadas. Menos solera tiene el taller de cosmética natural, que las hermanas decidieron impulsar durante la pandemia «para diversificar y tener una variante», como apunta sor Marta. Sus jabones, de hecho, están reconocidos al máximo nivel, pues son proveedoras nada más y nada menos que del Museo Nacional del Prado, al que ya han vendido más de 600 pastillas de elaboración artesanal. Junto con las pulseras de tela, los artículos religiosos, los cuadernos, postales y libros van saliendo adelante. «No nos falta de nada, aunque vivimos de manera muy austera. Con las pensiones que cobran las más mayores pagamos la Seguridad Social del resto y con lo demás, vamos teniendo para cuando hay que apretarse el cinturón», revela sor María Anunciación. «Yo siempre digo que hacemos milagros, pero bueno, los milagros los hace Dios», agrega.

El principal problema, reconoce, son los imprevistos: «Hace un tiempo, se cayó el comedor del albergue de peregrinos y la obra se fue complicando hasta que se plantó en 42.000 euros. No teníamos ese dinero, estábamos arruinadas. Menos mal que nos llamaron de la Fundación DeClausura y se ofrecieron a captar donativos. Aunque eran pequeños, de muchos pocos se hace mucho. Por otro lado, los Padres Maristas buscaron alguna subvención y, sobre todo, nos ayudaron los obreros, que nos decían “ustedes paguen cuando puedan y lo que vayan pudiendo”, y entre todos lo conseguimos. Acudimos al Banco de alimentos y menos mal que de vestuario no gastamos nada… Solo luz y calefacción, que no hay en toda la casa, solo en las celdas, en la Iglesia y alguna zona común. Pero ahí sí que vimos cómo, cuando pones la confianza en Dios, Él te sorprende».

Y todo, por hacer una buena obra: «Nosotros no necesitábamos arreglar ese comedor, pero no podíamos permitir que se quedara cerrado con todo el bien que hace al Camino de Santiago». Para que se hagan una idea de que verdaderamente no necesitaban arreglarlo, sepan que el hospital de peregrinos que poseen junto a los Padres Maristas —lo gestionan ellos para darle un significado cristiano y espiritual al Camino, como expresión de su vida activa y su vida contemplativa— cobra seis euros al día por cama, duchas, desayuno peregrino y cena comunitaria. No es infrecuente el día que llena sus 55 camas. «Es un apostolado, es carisma benedictino recibir al peregrino como si fuera Jesús», remacha sor María Anunciación. Así, entre localidades desangradas por la despoblación, Sahagún —que toma nombre de san Facundo, mártir de la época romana, y albergó la segunda universidad de España— florece como punto intermedio exacto en la ruta jacobea que va de Roncesvalles a Santiago. En Navidad, el albergue permanece cerrado, pero las hermanas benedictinas abren las puertas de su monasterio para que los peregrinos puedan acompañarlas en los Laudes y la Eucaristía. La iglesia, con su retablo firmado por José de Churriguera, es un espectáculo para el turista y el historiador del arte. Además, la comunidad convive en su propia casa con los restos mortales nada menos que de un rey de España, Alfonso VI, y los de cuatro de sus esposas, cuyos sepulcros permanecen al fondo del templo, como contemplando las maravillas del retablo. Después de orar, los peregrinos suelen pasarse por el museo de Arte Sacro, donde se conserva una Custodia de Enrique de Arfe muy similar a la de Toledo, aunque de menor tamaño, y diversas piezas de Constanza de Borgoña, la reina con quien se pasó de la liturgia mozárabe a la romana, mediante la orden de Cluny. Como curiosidad, el museo también guarda una bañera de época romana. Se mire por donde se mire, el monasterio es un tesoro para el patrimonio, ya sea en su artesonado, sus balaustradas o sus vitrales. Las monjas benedictinas están aquí desde el siglo XVI, si bien en Sahagún ya hubo monjes desde el siglo IX. El hecho de que la comunidad benedictina de Santa Cruz no esté sometida a clausura papal enriquece la experiencia de los peregrinos. «Vamos todas, en comunidad, a la bendición del peregrino. Y luego acompañamos, charlamos con ellos, compartimos y escuchamos a quien quiere hablar con un sacerdote o una monja», prosigue la madre abadesa. «Hoy en día se necesita de mucha escucha. Muchísima gente viene buscando un camino, un sentido. Se me quedó marcada una visita de unos padres cuyo hijo adolescente se había suicidado. Hablaron con nosotros y dijeron haber encontrado un cierto bálsamo, un poco de paz. La verdad es que el lugar invita a la reflexión. Nos dejaron una foto y me comprometí a rezar por su hijo y por ellos todos los días. Mucho tiempo después, seguimos rezando por ellos cada día», agrega.

Con el régimen de la casa, las religiosas españolas disponen de diez días de vacaciones —«en realidad eran ocho, pero luego siempre me lían porque dicen que los viajes de ida y de vuelta no cuentan»— y las de fuera de nuestro país, de mes y medio. Pueden visitar a sus familias y recibir visitas, en Navidad y el resto del año. De hecho, hay una hospedería familiar provista de tres habitaciones y un comedor preparada para acoger a las visitas. 

«Somos mujeres normales, no hay ningún misterio ni secreto con nosotras: vivimos de nuestro trabajo, a las jóvenes que llegan al noviciado se les da una formación», explica sor María Anunciación. Dos veces al año, el monasterio de Santa Cruz convoca experiencias monásticas para aquellas mujeres que estén en búsqueda y crean que la vida consagrada puede ser su camino. Como dice el Evangelio, «venid y veréis». «La Fe y la vocación son un tesoro, pues vamos a ponerlo al servicio de los demás», señala la madre abadesa. De carácter totalmente gratuito, las interesadas pueden sumergirse en la vida monástica y compartir el día a día de las monjas durante un período de prueba: campana a las 6:30; Laudes, Misa del peregrino, desayuno comunitario; trabajo y estudio —sor Marta, por ejemplo, completa su formación estudiando Ciencias Religiosas en la universidad—; Sexta; comida en silencio mientras leen ECCLESIA —los domingos pueden hablar—; recogida y limpieza de la vajilla; descanso, café del peregrino, Nona, Rosario, ensayo del coro; trabajo, limpieza y lavadero; bendición del peregrino, Vísperas; cena en silencio, leyendo la Regla de san Benito; tertulia en la sala comunitaria, Completas y, en riguroso silencio, retirada a la celda. Después de la experiencia, si las chicas así lo desean, se mantiene un seguimiento telefónico con las aspirantes.

 «Al menos dos de ellas descubrieron aquí que éste no era su camino: una tiraba más para ser misionera y a la otra le gustaba que se pudiera salir, pero tenía mucho interés por el carisma franciscano», afirma sor María Anunciación. Otras, como sor Marta, se quedaron después de vivir dos experiencias monásticas, hace ya nueve años. Movida por la apertura de su comunidad al mundo, la joven novicia planteó «llevar el monasterio a los jóvenes, ya que ellos no se acercan al monasterio». 

Y fruto de aquella intuición planteó a la madre abadesa la posibilidad de abrir un canal de vídeos en YouTube. «Yo no sabía ni qué decir, me daba mucho miedo. Tenía temor y temblor. Pero ella estaba tan convencida que le dije: “Mira, vamos a meditarlo y a orar por ello, y ya se lo presentaremos a la comunidad”», reconoce sor María Anunciación. Al final, y pese a las reticencias y argumentos en contra, el canal de sor Marta, «joven, monja y youtuber», vio la luz. Hoy es todo un fenómeno en internet, con 13.000 suscriptores y 587 vídeos a los que asomarse «para conocer la raíz de mi felicidad y lo que llena mi día a día de una manera clara, sencilla y dinámica». El canal de sor Marta tiene ramificaciones en otras redes sociales como Twitter, Instagram o TikTok, donde evangeliza y refuta prejuicios entre los más jóvenes. También rompe esquemas mentales acceder a su celda de monja y contemplar un trípode, una cámara y un aro de luz, tecnología de última generación que, pese a asemejarse a un halo de santidad, jamás se imaginaría encontrar en un monasterio. «El aro solo lo he usado una vez, porque es un regalo y todavía no me apaño bien», reconoce.   

Movidas por el éxito de la iniciativa en YouTube, la madre abadesa y el resto de la comunidad han puesto en marcha la iniciativa Clic con Dios, donde «queremos presentar la normalidad con que vivimos», además de resolver dudas y acercar a Dios a las personas con inquietud vital. «La gente tiene sed de Dios, pero ya no sabe cuándo comulgar, nos preguntan cosas básicas sobre la confesión… Pero hay que estar ahí y dedicar el tiempo a esto», apostilla. «Hablamos con mucha gente que nos dice: “Yo no tengo vocación, pero tengo un vacío existencial enorme desde que dejé la fe en la universidad. Nos hemos metido en cosas como la New Age casi sin pensar; ayudadme, enseñadme cómo me puedo acercar a Dios”», sentencia. Este año, la congregación no había convocado la tradicional experiencia monástica en diciembre por la gran demanda de dulces, pero, pese a ello, «dos chicas del Clic con Dios lo han pedido y van a venir a vivir nuestra vida durante cinco días», explica sor María Anunciación.

Será una vida normal, sobria y austera, pero engalanada para la Navidad. El monasterio las recibirá ya adornado con motivos navideños puntuales y sobrios, pero estratégicamente situados: «Ponemos un Nacimiento en un claustro, que es por donde pasamos todas, y elegimos otro sitio frecuentado para poner el Misterio», detalla la madre abadesa. El mismo 17 de diciembre, irán al recreo después de que la madre abadesa cante la primera Antífona de la O —O Sapientia— y allí, como todos los años, la hermana mayordoma —la encargada de la cocina—, les repartirá una bolsa con un detalle especial para que lo abran con ilusión y lo disfruten en su —escaso— tiempo libre. Irán una a una cantando las Antífonas, descontando el calendario hasta el 24, cuando, por la mañana, afrontarán La Calenda, el anuncio de la Navidad. La cantarán en latín y a tres voces, pese a ser tan poquitas, con sonido celestial. Después de cantar, la abadesa reunirá a la comunidad en el Capítulo, un lugar muy importante para los monasterios benedictinos —allí es donde se elige a la abadesa, donde se explica la Regla de san Benito, donde se votan las nuevas vocaciones y donde, en Jueves Santo, la madre abadesa lava los pies a sus hermanas— y allí, en el Capítulo, sor María Anunciación hará una disertación litúrgica sobre el misterio de la Navidad, y cada una tomará parte para contar qué supone para ella el nacimiento de Cristo. Los niños y familias de Primera Comunión —los que la han recibido este año y los que la recibirán el próximo— vendrán a la parroquia para cantar villancicos y tomar dulces caseros de las monjas. Tendrán Vísperas solemnes el 24 y, después, una cena de Nochebuena «que es sobria, por supuesto, pero que también tiene algo de especial». Celebrarán la Misa del Gallo en su iglesia, abierta al público, con bastante aforo juvenil, y, después, saldrán al refectorio «para tomar alguna cosita». «Nos damos un abrazo, nos felicitamos la Navidad, y algunos años hacemos partícipes de esta celebración a quienes han venido a Misa a nuestra casa», indica la madre abadesa. Enviarán dulces y felicitaciones a los amigos de la comunidad, a los sacerdotes, a las cercanas Hijas de la Caridad. 

Al día siguiente, Navidad, no tendrán que levantarse a las 06:30. Podrán hacerlo, como todo día especial, a las 07:00. Como manda la tradición en el santo de la abadesa, en la Pascua, cuando alguien viste los hábitos… las monjas no se levantarán con el tañer de las campanas, sino con música. Pero solo el 25 de diciembre esa música será un villancico. 

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