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«No nos rendiremos, pese a que mucha gente no sabe dónde está Myanmar»

ECCLESIA contacta con tres personas en la clandestinidad por oponerse al régimen militar. El pueblo de Myanmar —con un 1 % de católicos— sufre una represión feroz e ignorada, mientras otras guerras acaparan la atención

Robert nos escribe desde un punto desconocido de Myanmar. Probablemente, a estas horas esté en otro lugar. Es activista y su vida corre peligro constantemente. Robert tampoco es su nombre: ha de proteger su identidad por su oposición a la Junta militar que, desde el golpe del 1 de febrero de 2021, gobierna este país con puño de hierro y bombardeos contra civiles desarmados. «Yo no participaba en política antes del golpe, pero durante la brutal represión me sumé a las protestas ayudando en la asistencia sanitaria a los heridos en Yangón», explica, en conversación con la revista ECCLESIA. Asegura que ha perdido a muchos de sus amigos. Ni siquiera sabe si están vivos o no. De lo que sí tiene certeza es de que, si no permanece escondido, terminará en un campo de internamiento de la Junta militar donde se tortura a cualquiera que consideren enemigo del régimen. 

La Asociación para la Asistencia de los Presos Políticos de Birmania, con base en Tailandia, cifra en casi 20.000 los prisioneros políticos detenidos por los militares tras el golpe. Por su parte, el Parlamento birmano en el exilio estima que la guerra que la Junta está haciendo contra su propio pueblo ha provocado el desplazamiento de más de 2,5 millones de personas, mientras que 18 millones necesitan asistencia humanitaria urgente.

Myanmar tiene 55 millones de habitantes y, sí, tuvo un parlamento que emanó de las elecciones de noviembre de 2020, reconocidas como libres y justas por observadores locales e internacionales. Los militares alegaron fraude y volvieron a tomar el poder. Pero el pueblo se rebeló y lo está pagando caro. En septiembre, la ONU advertía de que la Junta utiliza «métodos atroces para infligir un dolor inimaginable a sus víctimas, como quemarlas vivas, desmembrarlas, violarlas, decapitarlas, apalearlas y utilizar a aldeanos secuestrados para protegerse de ataques y minas terrestres. Esto es inhumanidad en su forma más vil». Y, sin embargo, Myanmar es hoy un conflicto completamente opacado por otras grandes guerras que acaparan toda la atención mundial. 

El Papa lo recuerda en varias ocasiones, lo que supone «un bálsamo sanador» para los birmanos. Así lo define el arzobispo de Yangón, el cardenal Charles Maung Bo, en declaraciones a ECCLESIA: «La preocupación del papa Francisco por este rebaño es la respuesta conmovedora de un padre preocupado. Ha acompañado el viacrucis de nuestro pueblo con infinita empatía». 

La Iglesia católica apenas representa un 1 % de la población de Myanmar, pero sufre como todos los birmanos. De hecho, uno de sus pastores, el obispo de la diócesis de Loikaw, Celso Ba Shwe, está refugiado en una zona boscosa junto a cientos de personas huyendo de la Junta. Los militares han tomado Loikaw y han echado de la catedral de Cristo Rey y del complejo parroquial al obispo y a cientos de personas que se refugiaban allí. Ahora, la Junta usa estas instalaciones como base para combatir a las milicias, que han lanzado una importante y, hasta el momento, exitosa contraofensiva. 

La mitad de las iglesias de la diócesis, unas 20, se han vaciado de sacerdotes, religiosas y fieles. Todos han huido. El obispo se ha marchado con su pueblo. El estado de Kayah, donde se enclava esta diócesis, es el epicentro de la guerra. Está en el sur y comparte frontera con Tailandia. ECCLESIA ha logrado ponerse en contacto con tres personas procedentes de este lugar que viven fuera de Myanmar y cuyas familias se han convertido en desplazadas internas. Uno de ellos, un joven profesional, cuenta que su familia está continuamente moviéndose de un lugar a otro porque su madre está perseguida por la Junta. El terror se multiplica cuando escuchan un avión sobrevolando la zona. Así, a medida que se producen ataques, la familia va desplazándose: «Hace dos semanas, donde estaba mi familia hubo dos bombardeos. Ellos se encontraban algo más lejos, pero lo sintieron todo».

Otra de las jóvenes, que conoce bien la ciudad y la catedral ocupada, comenta a ECCLESIA que los militares atacan los lugares sagrados, tanto monasterios budistas como iglesias cristianas, «para quebrar nuestro espíritu». El cardenal Bo insiste en que «cualquiera que se oponga a la Junta es un objetivo, también los monjes budistas». 

La familia de esta profesional que vive fuera de Myanmar está vagando de un lado a otro en el estado de Kayah. Hace unos meses, la mujer logró visitarlos pese a lo difícil que es entrar en el país, porque la Junta sospecha de cualquiera que venga de fuera. «Un día llegamos a contar que los aviones nos sobrevolaron hasta 67 veces», explica. La tercera de nuestros contactos recuerda los años de apertura y desarrollo que vivió el país con la democracia, «un tiempo prometedor». Ella también consiguió visitar a su familia hace algunos meses y conoció los campos de desplazados. «En esas personas se ve el dolor», comenta a ECCLESIA. Lo que más le sorprendió era que unos desconocidos le abrazaran, «puesto que en nuestra cultura no es lo habitual; eran los niños los que más te pedían un abrazo». Nadie de su familia desplazada puede trabajar. Viven de la ayuda de los benefactores, birmanos en la diáspora organizados para hacer llegar lo básico a los desplazados internos, ya que la ayuda internacional es poca y la situación está empeorando, como lamenta el cardenal Bo: «Más lágrimas inocentes, más civiles asesinados, enormes desplazamientos, aumento vertiginoso de los precios, inseguridad alimentaria… Un duro golpe a cualquier esperanza de normalidad en un futuro próximo».

Robert asegura que, de cada diez birmanos, nueve quieren seguir con la lucha armada para «terminar con esta locura asfixiante». Pero el arzobispo de Yangón es tajante al afirmar que «las armas tienen que callar para hablar, y proporcionar normalidad a la gente. El mito de resolver nuestros problemas solo a través de las armas resultó ser un error terrible en la última guerra que vivimos, nada menos que de siete décadas de duración. Nuestra gente clama por la paz. La intransigencia de todos aquellos que creen en las armas debería dar paso a medidas de paz. La esperanza está disminuyendo, sí, pero la Iglesia necesita creer en la bondad de todos para buscar y encontrar la paz».

«No nos rendiremos», dicen nuestros contactos, que apostillan con amargura: «Pese a que mucha gente no sabe ni dónde está Myanmar». 

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