El arzobispo emérito de Madrid presidió en la Almudena una misa de acción de gracias en la que repasó su ministerio, recordó a los cinco papas que lo han acompañado y recibió la primera Medalla Honorífica de la archidiócesis
El cardenal Antonio María Rouco Varela celebró el pasado sábado, 31 de octubre, en la catedral de la Almudena una misa de acción de gracias por sus 50 años de episcopado, cumplidos ese mismo día. Fue en la catedral de Santiago de Compostela, el 31 de octubre de 1976, donde recibió la ordenación episcopal como obispo auxiliar de aquella archidiócesis, de la que sería arzobispo desde 1984 hasta su traslado a Madrid en 1994. Al frente de la Iglesia madrileña estuvo veinte años, hasta 2014, y fue creado cardenal en febrero de 1998.
Le acompañaron más de una veintena de cardenales y obispos, entre ellos el arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, y el nuncio apostólico en España, Piero Pioppo, además de todos los obispos de la archidiócesis, titulares, eméritos y electos, más de 150 sacerdotes, religiosos, seminaristas y numerosos fieles.
Cinco papas en medio siglo
Rouco abrió la homilía con un recuerdo para las víctimas del accidente ferroviario de Urda y sus familias, y agradeció a los presentes «su cercanía espiritual, su constante apoyo y su amistad». Dedicó después unas palabras a cada uno de los papas que han marcado su ministerio, empezando por san Pablo VI, que lo nombró obispo auxiliar de Santiago. A san Juan Pablo II dijo deberle «una confianza personal y pastoral conmovedora e inmerecida» durante sus años como arzobispo compostelano y madrileño, mientras que de Benedicto XVI recordó que le regaló «una delicadísima amistad que me fue tan valiosa en situaciones eclesiales muy difíciles». Mencionó también a Francisco, pontífice durante su etapa como emérito, y a León XIV, al que describió como «extraordinariamente bondadoso y amable con mi humilde persona».
La santidad como medida
El eje de la predicación fue la llamada a la santidad, que Rouco planteó como una decisión personal al afirmar que «de lo que se trata en la vida es de querer ser santos o no quererlo, de intentarlo o de dejarlo». Esa exigencia, explicó, alcanza a todos los ámbitos de la vida y a cualquier ministerio confiado por la Iglesia, y propuso examinarlo a partir de tres preguntas, si se ha ido sin miedo adonde Cristo envía, si se le ha predicado a Él y no a uno mismo, y si uno se ha dejado lavar los pies, ha subido a la cruz y ha lavado los pies a los demás.
Apoyándose en Benedicto XVI, presentó la Eucaristía como ágape y sacramento de la caridad, y desde ahí repasó su propia trayectoria, desde su familia y el Seminario de Mondoñedo, con un agradecimiento a cuantos le han acompañado en estos años. «¡Gracias a todos desde lo más hondo del alma!», exclamó. Recordó además las palabras que León XIV dirigió al presbiterio madrileño con motivo de la asamblea Convivium, en las que el Papa invitaba a los sacerdotes a seguir el consejo de san Juan de Ávila de ser santos. Concluyó encomendando a todos a Santa María la Real de la Almudena y al apóstol Santiago, patrón de España.
Mensaje de León XIV
Antes de la bendición, el nuncio leyó el mensaje que León XIV envió al cardenal con motivo de su jubileo de oro episcopal, en el que destaca su labor en las diócesis que le fueron confiadas, en la Conferencia Episcopal y en los dicasterios de la Santa Sede, así como «su solicitud y fidelidad en la comunión de la Santa Iglesia». El Pontífice añade que Rouco «ha cumplido dignamente sus deberes en la caridad y en la obediencia».
El cardenal Cobo felicitó a su predecesor en nombre de la archidiócesis y le entregó la Medalla Honorífica de la archidiócesis de Madrid, una distinción de nueva creación que se concede por primera vez y que en adelante reconocerá a personas con un vínculo estrecho con la Iglesia madrileña.





