Roberto Pasolini destaca el contraste de la actitud de Cristo con la búsqueda constante de aprobación que exige la sociedad actual, muy marcada por el individualismo y la competencia
La segunda de las cuatro meditaciones de Cuaresma que tiene previsto dirigir el capuchino Roberto Pasolini giró en torno a la «libertad en el Espíritu», un concepto que el predicador de la Casa Pontificia exploró a través de la figura de Cristo. La charla, que tuvo lugar el pasado viernes en el Aula Pablo VI de Roma y de la que se ha hecho eco Vatican News, comenzó con un saludo especial al Santo Padre, quien, aunque ausente en la sala, se encontraba físicamente más cerca tras su regreso a Casa Santa Marta después de su prolongada estancia en el Policlínico Gemelli. De esta forma, el experto biblista expresó su «alegría» y la de todos por el retorno a casa del Papa.
En su discurso, que se encadena así a la primera reflexión —del pasado 21 de marzo— centrada en «Aprender a recibir. La lógica del Bautismo», el predicador se detuvo en «Ir a otra parte. La libertad en el Espíritu». A través de varios episodios de la vida pública de Jesús, el padre Pasolini ilustró la profunda libertad del Mesías y su manera particular de llevar la salvación al mundo.
Así las cosas, la forma como Cristo se libera de la tentación de la omnipotencia resultó uno de los puntos clave de la disertación. A través de la oración, Jesús desvela el peligro de confundir el verdadero servicio con la búsqueda de reconocimiento personal. En este contexto, el padre Pasolini destacó tres enseñanzas del hijo de Dios que manifiestan esta libertad: no confiarse inmediatamente, saber decepcionar y no exigir.
Para ilustrar la primera enseñanza, el predicador se refirió a un pasaje del Evangelio de Juan (2,23-25) donde se narra cómo Jesús, a pesar de ser aclamado en Jerusalén, no depositaba su confianza en la gente, porque conocía la naturaleza humana. Esta reacción, que puede ser calificada de desapego, contrasta con la búsqueda constante de aprobación que exige la sociedad actual, muy marcada por el individualismo y la competencia.
Cristo se mantiene, así, distante de reconocimientos superficiales, porque conoce la fragilidad, la manipulabilidad, la inconstancia y el temor del corazón humano, a pesar de ser morada del Espíritu. Jesús, con su actitud, nos muestra que espera una respuesta más consciente y madura, un crecimiento que implica valorar las circunstancias y gestionar la complejidad de las relaciones, procesos todos que requieren tiempo, paciencia, compromiso y dedicación. Lo que parece desapego, por tanto, se transforma en realidad, sabiduría y profundo respeto.
La segunda enseñanza, por otra parte, abordó la capacidad de saber defraudar las expectativas. Tomando como ejemplo un pasaje de Mateo (15, 23b-24) sobre la mujer pagana que pide la curación de su hija, el padre Pasolini señaló la aparente insensibilidad de Jesús para, a continuación, explicar que Cristo no actúa para sentirse importante, sino ser solamente y siempre útil, salvando al mundo «precisamente por no necesitar sentirse necesario». Finalmente, la insistencia de la mujer pagana y su obstinación llevan a Jesús a reconocer esa fe que es capaz de esperar un cambio positivo. La aparente indiferencia de Jesús es, por tanto aquí, una pedagogía que hace florecer la confianza en el corazón humano.
Por último, la tercera enseñanza se centró en la capacidad de Cristo para distanciarse del consenso de las grandes multitudes. El episodio de la multiplicación de los panes y los peces (Juan 6,14), que generó gran entusiasmo, acaba mostrando a Jesús retirándose solo. Esto se debe a su conocimiento de la fragilidad interior del hombre, propenso a sentirse insignificante y a dejarse manipular. Cristo regresa con sus discípulos en medio de la tempestad en el mar de Galilea, simbolizando los miedos humanos y la dificultad para reconocer la fuerza oculta en la fragilidad. Incluso en los momentos más oscuros, Jesús representa la esperanza que trae la paz.
Cuando Cristo explica el significado profundo de la multiplicación de los panes como un don de sí mismo que conduce a la vida eterna, muchos discípulos lo abandonan. Su pregunta a los Doce es: «¿También vosotros queréis marcharos?». De ningún modo puede interpretarse esto como es un chantaje, sino como un reflejo de la profunda libertad interior del hijo de Dios, que ni busca confirmación externa ni la necesita para seguir su camino.
Esta libertad se manifiesta también en el uso progresivo de las formas verbales que utilizan los propios evangelistas, pasando del imperativo a la hipótesis, centrando la atención en la necesidad de una elección y un amor libre y consciente. El Señor no espera tener siempre hijos dispuestos a hacer su voluntad, sino que se preocupa si no son libres de expresar sus sentimientos, quedando atrapados en complacencias inútiles. En conclusión, tener el valor de expresar sinceramente los propios deseos abre a una vida más grande y acerca al Reino de Dios, pues la verdad y el amor no necesitan imponerse, sino que esperan con paciencia a madurar en plena adhesión y libertad. Así es como Cristo salva al mundo.








