Cada época repite, como un eco, ciertos arquetipos teológicos que resurgen una y otra vez, dando lugar tanto a sanas doctrinas como a perniciosas herejías. Un arquetipo teológico es una idea de fondo, una intuición teológica recurrente que subyace en la conciencia de un teólogo o de una comunidad.
Un mismo arquetipo, si está equivocado, da lugar a las más variadas herejías en la historia.
Una de las ideas que tristemente se repiten en distintos esquemas teológicos es la de que los pecadores no pertenecen a la Iglesia ni tienen nada que ver con ella. Esta idea puede aparecer matizada y reformulada, pero ahí está.
Montano y sus seguidores, ya en el siglo II, negaron la reconciliación de quien hubiera caído en impureza sexual. Para los donatistas, la única Iglesia visible verdadera era la formada por la comunidad de los santos y puros: solo un ministro santo podía administrar válidamente los sacramentos de la santificación. Los cátaros y albigenses, «los buenos cristianos», proclamaban que el pecado, incluso el más leve, era irreparable. El puritanismo del XVI vio en el pecado personal la prueba de que alguien no estaba entre los predestinados; el jansenismo, por su parte, llegó a sostener que ni siquiera el Bautismo bastaba para dar al pecador un lugar en la Iglesia.
Lo más grave no es solo que divida a la Iglesia entre verdaderos y falsos cristianos, sino que presume identificar, con certeza, quién pertenece y quién no. No es que consideren solo que el pecador público no tiene cabida hasta que deje de pecar o se arrepienta para siempre, sino que tienen una checklist mental de quien está en la Iglesia o en orden a ella.
Jesús, por su parte, se sentó a la mesa de los pecadores —y de los fariseos—, antes de que se convirtieran. El padre de la parábola abrazó al hijo sin dejar que formulara sus torpes palabras de perdón. Los cristianos pecadores pertenecen a la Iglesia, y la idea contraria ha dado lugar a las más variadas condenas magisteriales.







