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Tanzania: Navidad en el seno de una familia misionera

una familia misionera

Una familia en misión vive lejos del resto de sus familiares y amigos, lejos de su país de origen y lejos de su ciudad natal. Esta distancia puede suponer un reto insalvable para algunas personas. No todo el mundo puede reconocer la Navidad cuando desaparecen las referencias a las que está acostumbrado, pero el afecto de los que nos quieren y las tradiciones de nuestra cultura no agotan el sentido de la Navidad.  

La Navidad es un signo de amor a los hombres. Es Cristo que viene en medio de la oscuridad del hombre para iluminar su existencia y proponerle la paz y el amor como único camino verdadero hacia la vida eterna. Como un susurro en la noche, en un pesebre de una ciudad pequeña, que a nadie le va ni le viene, Dios mismo, el Santo de los santos, viene a vivir entre nosotros. Por eso, porque la fiesta va más allá de la familia y las tradiciones, la Navidad se puede vivir en toda su plenitud aunque estemos a miles de kilómetros de nuestros lugares de origen.

La ciudad donde vivimos se llama Arusha. Está situada al norte de Tanzania, no muy lejos de la frontera con Kenia. Aquí la mayoría de gente es cristiana y existen distintas denominaciones. La Navidad es parte de la cultura local. Quizá no haya expectación por recibir regalos ni se espere la venida de los Reyes Magos. Sin embargo, lo que prima por encima de todo es la reunión familiar. Dejarán sus quehaceres en la ciudad y volverán al pueblo, a casa de los padres, donde todo empezó. Asistirán a los servicios religiosos y organizarán comidas y cenas donde cada uno tiene su sitio. Da igual tener que conducir durante cientos de kilómetros o coger el autobús en un viaje de más de diez horas. Da igual llegar un par de días más tarde. No importa si llegas, estás unas horas y al día siguiente subes de nuevo al autobús otras diez horas. Comprarán sacos de maíz o artículos que solo se consiguen en la ciudad y los llevarán al pueblo. Lo importante es llegar, gozar de la compañía y, sobre todo, que los ancianos te vean un año más.

Para nosotros, que estamos lejos, la Navidad se prepara viviendo el Adviento como una espera atenta. Casi cada día, hay que recordarles a los niños lo que es la Navidad. Las expectativas de regalos no son las mismas, pero la precariedad no hace más que dejar claro el verdadero significado de la fiesta. El día de Nochebuena hay ajetreo en la cocina e invitados alrededor de la mesa. 

El año pasado disfrutamos de la compañía de dos jóvenes franceses que atravesaban el país en bicicleta, un matrimonio joven tanzano y dos seminaristas sudaneses. Se habló en francés, en árabe, en inglés, en swahili y se cantaron villancicos en cada idioma. Se comió foie gras y lasaña. Pero, sobre todo, se compartió un verdadero espíritu de fraternidad y mucha, mucha alegría. Y esto es lo que más le gusta a Jesucristo: que se note que Él está presente. El 5 de enero tuvimos la representación de la venida de los Reyes Magos en la parroquia con decenas de niños y padres que lo vivieron con verdadera expectación. A la mañana siguiente hubo detalles para cada uno de la familia. No faltó de nada porque Dios es un padre generoso. 

Este año Cristo volverá a visitarnos porque, aunque estemos aquí o allá, Él vendrá por Navidad al lugar donde más a gusto se siente: nuestros corazones. 

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