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Teófilo NIeto

Teo Nieto: un párroco, 43 pueblos

En los pueblos hace frío en octubre. Uno lo siente al abrir la puerta del coche un sábado a las 9:30 horas. El olor a leña quemándose y caldeando las casas lo delata, mientras el humo de las chimeneas se esconde entre la niebla. En San Juan del Rebollar, un pequeño pueblo de Zamora, en la comarca de Aliste, muy cerca de Portugal, no hay nadie por la calle. Teo Nieto, que lleva ya varias horas en pie, saca su Hyundai Kona del garaje bajo la atenta mirada de sus dos canes: Canela y Lobito. Es el párroco del pueblo. Bueno, de 43 pueblos. Es cura rural. Por opción, no por obligación. En otros tiempos, los sacerdotes eran enviados a esta zona como castigo. Él es feliz aquí. ECCLESIA ha quedado con él para acompañarlo en una jornada de fin de semana. En la casa de enfrente se abre una puerta. Es Francisco, un hombre que se acerca a los 90 años sin que lo parezca. Sale a dar su paseo matutino, cuya meta es el desayuno. Primer saludo y arrancamos.

Dos cosas llaman la atención al entrar en el coche de Teo. La primera es que uno de los asientos traseros es una especie de sacristía portátil. Ahí lleva libros litúrgicos —un Ritual de Exequias, por ejemplo— un alba y una estola, formas y vino para consagrar… Y la otra es el cuentakilómetros. Marca más de 150.000, pero no es esta distancia lo relevante, sino el tiempo en que la ha recorrido: tres años. El kilometraje es uno de los modos, y bastante objetivo, de medir un fin de semana del párroco, igual que el tiempo —ya lo verán cuando terminemos—, pero hay otras formas. Por ejemplo, el número de Misas que preside y parroquias que visita; o incluso los colores litúrgicos que tiene que utilizar. El sábado que estuvimos con él fueron tres: morado, verde y blanco.

La primera parada del día es Figueruela, que no es uno de los 43 pueblos que acompaña. Le toca presidir el entierro de unas cenizas en el cementerio porque el párroco está recién operado de la cadera. Este caso es especial. Vienen de fuera solo para esto. A él le gusta cuidar las exequias y funerales, conocer a quién se va a dirigir. Explica que primero va a ver a la familia en el tanatorio y luego prepara la homilía en clave de oración y la personaliza. «Hay quien dice que no hay que personalizar, pero yo creo que es más evangélico y que un gesto de ternura puede llegar más», afirma. Sigue siempre una misma premisa: transmitir la esperanza cristiana de la resurrección y no negar el dolor. Es precisamente esto lo que transmite en el cementerio de Figueruela, ante las cenizas del difunto y sus familiares: «La aflicción pertenece al ser humano y a los cristianos; lloramos las pérdidas porque amamos, pero lo hacemos desde la esperanza de que algún día nos volveremos a ver».

Con tiempo apenas para intercambiar un par de saludos, Teo vuelve al coche. Lo esperan en Mellanes, con una población fija de unas 30 personas. Durante el fin de semana hay alguna más. En Figueruela vemos la consulta donde antes había un médico y el sacerdote lo recuerda: trabajaban mano a mano para hacer frente a las consecuencias del VIH. De aquella experiencia quedan los cursos del Comité antisida de Zamora que coordina el propio Teo y que ofrece formación a los jóvenes del instituto de Alcañices, la capital de la comarca, donde da clase de Religión y es el coordinador de convivencia. Todos los jóvenes de la zona lo conocen. Algunos incluso forman parte del Movimiento de Jóvenes Rurales Cristianos (MJRC), del que es, además, consiliario y animador.

Mellanes da la bienvenida, además con el cartel habitual, con una inscripción en el muro de una casa: «El pueblo al que está entrando está apagado o fuera de cobertura». Las reivindicaciones de la España vaciada resuenan en los lugares por donde pasamos. En San Juan del Rebollar, la fibra llegó hace poco, aunque el sacerdote está esperando a que la instalen en su casa. La labor de la Iglesia en este sentido es profética. De ella surgió una coordinadora de asociaciones de la zona que ahora camina sola y está implicada en el movimiento que busca hacer frente a la despoblación, siempre alejada de posicionamientos políticos. Mientras llegamos a la iglesia de Santiago, Teo hace un análisis de la situación. Dice que los problemas no son solo de infraestructuras, que también. Hay otros dos. El primero es la natalidad: «El paradigma cultural dominante, marcado por el individualismo y el economicismo, impide la demografía». Y la otra cuestión es la creencia de que el mundo rural es «de segunda categoría», y, por tanto, lo es también ser profesor o médico en estas zonas. Para él, ser cura rural no lo es.

En Mellanes, localidad que está representada en uno de los mosaicos de la plaza de España de Sevilla, nos recibe José María, el mayordomo, la figura que se encarga de abrir y prepara el templo para la Eucaristía. Es rotatoria y ahora le toca a su familia. Es profesor de Historia en Zamora, pero pasa los fines de semana en casa de su madre. Sin contar a los periodistas ni al sacerdote, hay cinco personas. Suelen asistir más, pero en sábado es más difícil. La celebración es sobria, con algún canto que inicia el propio Teo y que el resto continúa. Hay un encargado de proclamar las lecturas y el salmo. En los primeros bancos está Domingo con su mujer, con una fe humilde y perseverante. Vivió las épocas doradas del pueblo, era el dueño del bar. Al salir de la iglesia, cuenta con nostalgia y orgullo que vendía más tabaco que el estanco. Hace ya muchos años que lo cerró. En Mellanes no queda nada más que los vecinos… y la Iglesia. Haya sacerdote o no, permite que la comunidad salga de casa y se reúna en torno al altar. Teo aprovecha su paso por allí para preguntar por los otros feligreses, en especial, por un matrimonio con dificultades, así que decide ir a verlos. Una parada breve, pero decisiva. «Pues me he enterado de que acaban de estar en el hospital», dice antes de poner rumbo a la siguiente parada. Hay casos que necesitan ayuda, pero, en general, a nivel social, la población vive bien. Tienen buenas pensiones y son austeros. Quizás, comenta Teo, el reto sea acompañar a los migrantes, todavía pocos, que van llegando a este lugar. En estos momentos, tienen un proyecto para relanzar la Cáritas arciprestral. Lo urgente es la denuncia profética de la despoblación y la disminución de los servicios.

Trabajo en equipo

Tolilla es uno de los pueblos más pequeños que atiende Teo. Habitualmente cuenta con en torno a ocho habitantes. Como el de Mellanes, es uno de los 15 pueblos que atendía, junto con Avelina, una religiosa del Amor de Dios, hasta el mes de septiembre. Fue este curso cuando el obispo le dio 28 más, pero también más ayuda: un vicario, un diácono y dos sacerdotes africanos que han venido a España a formarse. No hay que olvidar a todos los laicos que son corresponsables. Cuando aparcamos en Tolilla, Vicente toca las campanas desde lo alto. Nadie imaginaría que lo que está haciendo es casi una actividad de riesgo, pues las condiciones del templo, dedicado a santa Inés, son muy deficientes. De hecho, el retablo que preside la Iglesia está muy deteriorado y el agua que se filtra a través del tejado recorre todos sus recovecos. Tienen un proyecto para la restauración, pero necesitan ayuda. Las comunidades parroquiales son muy pequeñas y no pueden afrontar estos gastos. En la entrada hay dos carteles, uno con el teléfono de Teo y otro con la organización parroquial antigua. Las once parroquias que atendían las habían dividido en dos Unidades de Acción Pastoral a las que, además, dieron un patrón, en ambos casos laicos: los beatos Manuel Lozano Garrido Lolo y Ceferino Jiménez. Una elección que es en sí misma una propuesta pastoral.

Con las 43 parroquias, Teo quiere algo parecido. Por lo pronto, hay un equipo motor formado por él, José Alberto, el vicario parroquial, Javier, el diácono; Avelina y los dos sacerdotes africanos, Principius, de Tanzania, y Kizitus de Nigeria. Con este grupo y personas comprometidas de todas las parroquias se está formando un equipo misionero, que se reúnen un sábado al mes a última hora. Ahí se deciden y abordan las líneas de trabajo y se organizan. La mayoría son laicos. «Lo que estamos haciendo aquí viene de atrás, fruto de años de trabajo de los curas que pasaron por aquí. El Espíritu Santo pidió en el Concilio Vaticano II una Iglesia más laical, más sinodal, más corresponsable y ahora nos dice que si no lo hacemos por opción, lo tendremos que hacer por obligación», subraya.

De Tolilla a Lober apenas hay unos minutos. Allí, las campanas tocan a fiesta. Es la Virgen del Rosario. Bueno, la celebran ese día. El propio, con tantos pueblos, es imposible. Teo entra y vuelve a salir. Se le han olvidado las formas para consagrar. El fotógrafo le tira una instantánea. «Esta es la foto más característica de mi fin de semana, más que una dentro  del coche», dice. También en la puerta está colgado su teléfono y una sencilla hoja con el balance económico. Se nota que han restaurado hace poco el templo, dedicado a santa Marina,  y lo están pagando poco a poco. En el altar, propone aprovechar los claros en el cielo para hacer la procesión antes de la Eucaristía. Niebla, lluvia, sol, frío… Todo es posible en un día en esta tierra. Así que la talla de la Virgen, de un reconocido escultor de la zona, recorre las calles del pueblo. Cuatro hombres llevan la cruz y los cirios. Cuatro mujeres portan la Virgen. Tocan de nuevo las campanas. Es un día grande y se nota. En la Iglesia no cabe un alfiler, ha venido mucha gente de fuera con raíces en esta tierra. Teo presenta con humor a los nuevos: «Son un periodista y un fotógrafo de ECCLESIA. Esta revista no la van a encontrar en la peluquería», añade. Han venido familias enteras y varios niños. El sacerdote tiene detalles con ellos, les hace preguntas y les chiva la respuesta. La homilía, como en el resto de parroquias, es la misma, aunque hace ligeras adaptaciones. Además de las obligadas referencias a la Virgen, Teo comenta el Evangelio de la famosa sentencia de «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». La escribe, pero no la lee. Es para entregar en aquellos lugares en los que no va nadie del equipo y son los propios fieles los que tienen una celebración de la Palabra. También la envía en audio a decenas de personas a través de WhatsApp. La prepara con mucha delicadeza y con tiempo. Lunes, martes y miércoles reza con las lecturas y el jueves la escribe. Todo en clave de oración.

Después de comer con él y los dos sacerdotes africanos, y de un rato de descanso, le toca grabar y enviar. Antes, con un té en la mano, cuenta cómo es un día entre semana en su vida. Se levanta temprano, nunca más allá de las 07:15 horas, come algo y dedica un tiempo a la oración. Tras el espíritu, cultiva el cuerpo: sale a correr entre cuatro y cinco kilómetros. Ritmo medio y con paradas para hacer fotografías. A la vuelta, ducha, desayuno y luego se va al instituto de la zona si no tiene una Misa antes. Por la tarde: estudio, reuniones, celebraciones en las parroquias. De nuevo en casa, dedica otro rato a preparar cuestiones más técnicas. Suele terminar a las 22:30 horas. Cena ligera y a dormir, previo rato de lectura. «Siempre tengo abierto algún libro de literatura», explica. Y no hay tiempo para más. Llaman a la puerta. Es Dominica, la mujer de Francisco, el del primer saludo matinal: viene a traer una lechuga y unos tomates de su propia cosecha.

Inquietud intelectual

Este sacerdote no para tampoco a nivel intelectual. Ha estudiado Psicología en la UNED, ha hecho el Máster de Doctrina Social de la Iglesia de la Fundación Pablo VI y la Universidad Pontificia de Salamanca y está con el doctorado en esta última, que es un análisis teológico de los tratados de libre comercio. «Cuando llevas muchos años en un sitio, hay un peligro de aburguesamiento intelectual. Entonces, hay que buscar referencias externas. Es decir, siempre hay que poner una neurona fuera. Por ejemplo, si eres de izquierdas, tener amigos de derechas, y viceversa. Si eres ateo, amigos creyentes y, si eres creyente, amigos ateos. Alguien que te saque de la zona de confort. Y eso busco yo con los estudios», explica. Cumple ya 29 años en esta zona. Llegó cuando era seminarista y aquí se quedó. Su compromiso con el mundo rural bebe de uno previo con el mundo obrero y la Acción Católica, igual que su vocación sacerdotal, que tiene su origen en un compromiso social en el que descubre la acción liberadora de Jesús.

La penúltima parada del día, a las 19:30, es Alcorcillo, la parroquia de Santa Colomba. Es una de las nuevas que le fueron encomendadas y es la primera vez que va. Un grupo de mujeres lo esperan en la puerta y él las saluda con un «¿Ya no os acordáis de mí?». Teo fue cura en esta parroquia hace años y en los últimos tuvo que ir en algún momento a presidir algún entierro. Tras trazar las líneas fundamentales del Evangelio dominical en dos minutos, dedica el resto de la homilía a explicar la nueva realidad: que son 43 parroquias, que hay cuatro sacerdotes, un diácono y una religiosa y que tendrán celebraciones ellos solos. Eso sí, las fiestas son sagradas. El patrón del pueblo más pequeño tiene prioridad sobre una fiesta secundaria del más grande y siempre que sea posible esa celebración la presidirá el párroco. La suya es Santa Colomba. Lo aceptan. El sacerdote les pide comprensión: «Esto es una comunidad cristiana y si cometemos errores, nos lo decimos con amor y nos perdonamos».

Al salir, la noche ya ha caído sobre la zona y llueve. Una mujer dice con orgullo que en el pueblo todavía quedan dos bares y Teo se sube por enésima vez en el día al coche rumbo a la última cita: la reunión del equipo misionero en los locales parroquiales de Alcañices. Hoy, la mayor parte del encuentro es oración. Luego toca organizar las próximas citas: cómo comunicar la colecta del DOMUND, las visitas a los cementerios… Hay representantes de casi todas las parroquias, laicos, también la religiosa, los sacerdotes y el diácono. Porque Teo es solo la cara visible de un equipo, de una comunidad que sigue queriendo que en los últimos pueblos de nuestro país sigan tocando las campanas. Son las 21:40 horas. 12 horas después, fin de la jornada.

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