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V Domingo de Cuaresma: Señor, el que tú amas está enfermo

Siempre me ha impresionado este pasaje del Evangelio que, con todo acierto, la Iglesia nos propone en el domingo anterior al comienzo de la Semana Santa. La grandiosidad del milagro de la resurrección de Lázaro supuso para muchos el toque definitivo para reconocer el poder de Jesús y descubrir en él al verdadero Mesías; prueba de ello es que, poco tiempo después, cuando Jesús llega a Jerusalén para celebrar la Pascua, las calles explotan en una aclamación prácticamente unánime: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Pero lo que realmente me impresiona no es la grandiosidad del milagro y la respuesta de la gente, sino todo lo que lo envuelve; sobre todo, el trato de amistad de Jesús con esta familia. Ellos son los primeros en avisar a Jesús de que su amigo, aquel al que Jesús ama, está gravemente enfermo. Jesús llora, se conmueve en su espíritu y se estremece ante esta muerte, a pesar de ser consciente de todo lo que puede realizar. Y Jesús también consuela invitando a la fe a estas hermanas. Son muestras de este trato de amistad que el Señor desea tener con nosotros.

Para él no somos un número más, sino que a cada uno nos conoce por nuestro nombre, a cada uno nos ama de una manera única e irrepetible y por la salvación de cada uno se ha entregado a la muerte en cruz.

Una muestra más de este trato de amistad aparece recogido en las palabras de Marta. Unas palabras que son de reproche y de confianza al mismo tiempo: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Y así empieza un nuevo diálogo que culminará con la proclamación de que Jesús es la resurrección y la vida y que el que cree en él, aunque haya muerto, vivirá. 

Un reproche, sí, pero un reproche que se termina convirtiendo en una afirmación de esperanza que rompe los límites de todo lo esperado y deseado: Jesús puede devolver la vida incluso a los muertos y no permitirá que el que cree en él muera para siempre. No se trata de que la muerte desaparezca, sino de que esta ya no tiene la última palabra.

Lázaro, al igual que la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naím, volvieron a la vida, pero terminaron volviendo a abrazar la muerte con el paso de los años. Lo que Jesús promete hoy no es un privilegio para unos pocos, sino una vida que ni siquiera la muerte puede quebrar: una vida de eternidad junto a Dios. Y esto es lo que, anunciado hoy, nos dispondremos a celebrar en los próximos días: Jesús es la resurrección y la vida, y nosotros estamos llamados a vivir para siempre junto a él. 

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