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Cardenal Ouellet: los laicos en puestos de liderazgo «contribuirán a restaurar la imagen de la autoridad pastoral»

El prefecto emérito del Dicasterio para los Obispos denuncia en un artículo que la teología sacramental sufre de una «visión cristológica unilateral» que olvida la acción del Espíritu Santo

El cardenal Marc Ouellet, prefecto emérito del Dicasterio para los Obispos, ha publicado una profunda reflexión en Vatican News sobre la creciente presencia de laicos y religiosas en puestos de autoridad dentro de la Curia Romana, y «no solo por motivos de escasez de clero». El purpurado destaca en su artículo que estos nombramientos —«entre las decisiones audaces del papa Francisco»— responden al principio sinodal de mayor participación eclesial; que existe un «déficit pneumatológico» en la teología actual que impide valorar adecuadamente el papel del Espíritu Santo en el gobierno de la Iglesia; que la autoridad no emana exclusivamente del sacramento del Orden, sino también de los carismas reconocidos; y, finalmente, que esta apertura es un «avance eclesiológico» necesario para superar el clericalismo.

Costumbres, malestar y temporalidad

En primer lugar, Ouellet sitúa la cuestión como un impulso de «decisiones audaces» de Francisco en mitad de una encrucijada tensa entre la innovación y la «costumbre ancestral» de reservar el mando a los ministros ordenados. Según explica, aunque esta práctica se apoya en la definición de la sacramentalidad del episcopado del Concilio Vaticano II, ha generado cierto «malestar ante una decisión papal que se respeta, pero que se considera quizás provisional». Es por ello, precisamente, «que algunos desearían, en los albores de un nuevo pontificado, que se reafirmara el estrecho vínculo entre el ministerio ordenado y la función de gobernar en la Iglesia».

Orden y gobierno

Debido a este clima de incomodidad, el cardenal aclara que su intención no es cuestionar el avance doctrinal del Concilio sobre las funciones de «enseñar, santificar y gobernar» —tria munera— ligadas al episcopado. Sin embargo, subraya con firmeza que «eso no significa que el sacramento del Orden sea la fuente exclusiva de todo gobierno en la Iglesia». Ya se pudo comprobar con el debate generado en su día por la constitución Praedicate Evangelium, donde la justificación canónica presentada inicialmente no logró un consenso total, pues se percibió como una decisión que «parecía resolver de forma voluntarista o arbitraria una cuestión controvertida desde hacía siglos».

La acción del Espíritu

Para superar este bloqueo, Ouellet propone una lectura teológica que trasciende las disputas técnicas. En este sentido, denuncia que la teología sacramental sufre de una «visión cristológica unilateral» que olvida la acción del Espíritu Santo. Y argumenta: «Si bien es cierto que los siete sacramentos son actos de Cristo, también son actos de la Iglesia resultantes de la acción del Espíritu Santo. Este acompaña siempre los actos sacramentales de Cristo resucitado, para edificar la Iglesia Sacramento».

Don-Comunión

Esta perspectiva exige, según el autor, una atención renovada a la Persona del Espíritu Santo como «Don-Comunión». Y lamenta que «no estamos muy acostumbrados a discernir su presencia y acción» en las estructuras eclesiales, «porque hemos aprendido a hablar de la gracia en términos antropológicos, sin nombrar a la Persona divina que configura los efectos del misterio pascual en las almas y en las estructuras de la Iglesia. Esta Persona divina es el Espíritu Santo que viene del Padre por mediación de Cristo resucitado, un Don-Comunión del que la Iglesia es fruto y sacramento. Todavía estamos trabajando para pensar la sacramentalidad de la Iglesia en su conjunto, como comunión divino-humana que hace presente el misterio de la comunión trinitaria». Y todo ello, a pesar de que «los siete sacramentos existen precisamente para articular esta comunión eclesial, a fin de que sea significativa y atractiva», haciendo así que «la Iglesia sea más misionera y relevante en la sociedad».

Personas dotadas de carismas

Al abordar directamente el ministerio de gobierno, Ouellet se pregunta si «¿no basta con las promesas de Jesús a los apóstoles en el Evangelio, que garantizan su autoridad y les aseguran su presencia permanente?». Y encuentra la respuesta en que el papa Francisco realizó un «gesto profético» al discernir la autoridad del Espíritu Santo más allá del ministerio ordenado. El cardenal sostiene que «no se trata de sustituir un gobierno jerárquico por un gobierno carismático. Pero, según la orientación ya inscrita en el orden canónico, es necesario que los ministros ordenados puedan contar con personas dotadas de carismas, que sean reconocidas como tales e integradas sin reservas en el aparato administrativo, jurídico y pastoral de la Curia Romana. No se trata de confiarles tareas propiamente sacramentales en sentido cristológico, sino de integrar sus carismas al servicio del Espíritu Santo, que preside la comunión de la Iglesia en todas sus expresiones».

«Que los dicasterios dedicados a la comunicación, al gobierno general del Estado de Vaticano, a la promoción del desarrollo humano integral, a la vida, la familia y el laicado, la promoción de los carismas religiosos o de las sociedades de vida apostólica, sean dirigidos por personas competentes, laicas o religiosas, con un carisma reconocido por la Autoridad suprema, no empaña el valor de su servicio por una carencia del poder de orden. Los carismas del Espíritu Santo tienen su propio peso de autoridad en los ámbitos en los que no es necesaria la ordenación sacramental, en los que incluso puede ser oportuno que la competencia sea de otro orden; por ejemplo, en la gestión de los recursos humanos, la administración de la justicia, el discernimiento cultural y político, la administración financiera, el diálogo ecuménico. En todos estos ámbitos, señalados a modo de ejemplo, se puede imaginar una colaboración entre clérigos, laicos y religiosas en la que la posición subordinada del ministro ordenado no sería inapropiada ni discutible», prosigue.

La experiencia de las religiosas

Para apoyar su tesis, el cardenal recurre a la experiencia histórica de la Iglesia, que «demuestra que la tradición de las grandes órdenes religiosas y de las diversas formas de vida consagrada o apostólica supone un gobierno interno del carisma, una vez que este ha sido reconocido y aprobado oficialmente por la autoridad jerárquica. Un capellán de religiosas, por ejemplo, no puede arrogarse el derecho de imponer sus opiniones a las personas encargadas de la comunidad a la que asiste. El ministerio pastoral no puede sustituir a la autoridad del carisma. Cuando el Papa nombra a una mujer para dirigir un dicasterio, no delega su jurisdicción en un sujeto cualquiera; confía a una persona reconocida como competente en un determinado nivel de experiencia eclesial, en virtud de un carisma, una responsabilidad superior que sigue estando enmarcada y garantizada por la jurisdicción global del Santo Padre sobre la Curia romana».

Ouellet, así mismo, echa en falta en el enfoque canónico actual la carencia de medios para el discernimiento, destacando que el Código de 1983 ignora el término «carisma» y opera bajo un «cierto positivismo histórico». Por ello, urge a un nuevo diálogo entre canonistas y teólogos para que florezca un «derecho de la gracia» que integre con normalidad a personas carismáticas en puestos de autoridad.

Un paso permanente y de futuro

Finalmente, concluye que la iniciativa de Francisco no es una concesión temporal, sino un paso prometedor hacia el futuro, que reconoce la autoridad de los carismas en sintonía con el Concilio Vaticano II. Esta transformación, asegura el prefecto emérito, «es vital para regenerar la autoridad pastoral frente a los vicios del sistema: Esto contribuirá, en particular, a restaurar la imagen de la autoridad pastoral, desacreditada por la lacra del clericalismo, el espíritu de casta, la salvaguarda de los privilegios, la ambición de ascender en la jerarquía, en definitiva, una mentalidad cerrada que concibe el servicio del gobierno en términos de poder».

Y cierra con una llamada a la unidad orgánica del cuerpo de la Iglesia, donde cada miembro, nutrido por el Espíritu, coopera en la «obra común» bajo la cabeza que es Cristo.

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