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Erik Varden sobre la Cuaresma

Erik Varden: «Si dejamos que la liturgia hable y no la convertimos en algo banal, se nos revelará el misterio de la Cuaresma»


El monje trapense, encargado desde este domingo de predicar los Ejercicios Espirituales del Papa y de la Curia, regresa a las librerías españolas con una meditación sobre las heridas de Cristo y del ser humano a través de un poema cisterciense

Después del éxito de Castidad, Erik Varden (Sarpsborg, 1974) publica una nueva obra en español. Se trata de Heridas que sanan (Encuentro), texto en el que propone meditar sobre las heridas que Jesucristo sufrió en la Pasión y sobre «el modo en que estas permiten la sanación de las nuestras». El monje y obispo noruego se apoya para ello en un poema cisterciense, Rythmica Oratio, atribuido al monje Arnulfo de Lovaina. Durante su paso por Madrid para presentar el libro, guardó unos minutos para ECCLESIA. 

—¿Qué sentido tiene hablar de heridas en un mundo que las esconde?
—A menudo, es útil hablar de cosas que se ocultan. Tengo la impresión de que en nuestra sociedad hay una doble tendencia. Por un lado, la de ocultar nuestras heridas y fingir que no existen. Queremos mostrar que somos invulnerables. Y entonces nos maquillamos todo lo mejor que podemos en Facebook, Instagram… Proyectamos éxito, salud, felicidad y muchos amigos. La otra tendencia es la que idealiza el estar herido. En cualquier periódico puedes encontrar personas que han sido víctimas de un accidente o una desgracia que sale adelante haciendo una confesión pública diciendo: «Esto me ha pasado a mí y estas son mis heridas. Han puesto patas arriba mi vida y exijo que sean reconocidas y respetadas, y que la gente les preste atención». A veces, puede haber algo saludable en esto, porque es bueno que se reconozcan las heridas. Pero hay un peligro si uno se termina encerrando en ellas. Eso nos reduciría a algo demasiado limitado. 

Creo que es realmente interesante hablar de lo que es una herida. El punto de vista cristiano es realista. Reconoce que somos seres humanos heridos, pero nos dice que somos más que nuestras heridas, y que estas pueden ser una oportunidad.

—En su opinión, ¿cuáles son las heridas del mundo de hoy?
—Es arriesgado generalizar, pero propongo que hablemos de Occidente o Europa. Una herida es la desconfianza. Otra, la decepción como resultado de la desconfianza, que a menudo conduce a la soledad y al aislamiento. También cargamos con la herida de la ansiedad, y esto se hace más acusado a medida que somos conscientes de la inestabilidad política, económica, ecológica…  

—En el libro hace un recorrido por las heridas de Cristo en la cruz. ¿Qué nos dice sobre las propias contemplar estas heridas?
—Que las heridas son reales, pero no son el final. Contemplar las heridas de Cristo es vernos a nosotros mismos, porque Dios se hizo hombre para asumir nuestra naturaleza y mostrarnos a nosotros mismos. Nos muestra lo que es la humanidad, lo que los seres humanos hacen a otros seres humanos. Porque las heridas de Cristo crucificado son heridas que yo infligí. Esto es algo muy poderoso en la Semana Santa y en muchos textos pascuales. Uno de los himnos de la Pasión según San Mateo dice: «Yo te crucifiqué». Y al mismo tiempo contemplamos la cruz sabiendo que ese no es el final de la historia. La cruz representa la Pascua, y Pascua significa paso. Y Dios en Cristo nos lleva de la pasión y la muerte a una plenitud de vida. Una plenitud que no cancela la herida, porque, y esto es algo muy poderoso en la iconografía cristiana, Cristo resucitado y victorioso se aparece a sus discípulos herido.

—¿Nos hemos acostumbrado a ver a Jesús en la cruz? ¿Ya no nos conmueve?
—Es un buen examen de conciencia para preguntarme si mi corazón está abierto a su mensaje. Permítame abordar esto desde un ángulo particular. Mi primer año en el monasterio fue importante. La vida es silenciosa, sin mucha exposición a los medios de comunicación, pero teníamos la opción de escuchar las noticias en la radio, en la BBC, después del rezo de Vísperas. Había un pequeño grupo de monjes que solía ir. Yo no lo hacía. Uno de ellos era de los más ancianos de la casa, Gabriel. Un día me lo encontré por el pasillo, pero sin su habitual alegría. Le pregunté qué había pasado y me respondió que había muerto mucha gente en un terremoto. Me impresionó que hubiese un hombre lo suficientemente receptivo y vulnerable como para escuchar esta noticia y asimilarla en el corazón. Su corazón fue traspasado por este hecho. Me hizo darme cuenta de cuán duro era mi propio corazón y cómo yo lo había envuelto en una película protectora. No quiero decir que tengamos que vivir así todas las calamidades de nuestro mundo, porque nos destruiría, pero debemos asegurarnos de que esto no adormezca nuestra conciencia cristiana. 

Creo que la Cuaresma es un buen momento para hacerme la siguiente pregunta: ¿soy consciente de lo que estoy mirando cuando pongo mis ojos en la cruz? ¿Soy consciente de lo que significa que Dios, que es todopoderoso, se entregase en una fragilidad total y se dejase herir por mí? ¿Y soy consciente de que esta presencia de quien reconozco como amor encarnado se dejó atormentar hasta la muerte por mi bien? Y es aquí donde creo que el arte, la literatura, la música, pueden ayudarnos, porque nos llevan al pathos y a la apertura, y nos permiten ver con otros ojos lo que nos es familiar. Esto es lo que ha hecho en mí el poema que comento en el libro.

—La Cuaresma parece un momento propicio para meditar sobre las heridas de Cristo y las nuestras. ¿Cómo hacerlo?
—Profundizando en la liturgia de la Iglesia, porque la liturgia es un medio extraordinario para hacer pedagogía, y la Iglesia es una gran pedagoga. Y la liturgia, por sus signos, textos, acciones, presencias y ausencias, enfoca nuestra atención y agudiza nuestra conciencia. Si dejamos que la liturgia nos hable y participamos en ella, seremos atraídos hacia el misterio. Si dejamos que la liturgia hable y no la convertimos en algo banal y aburrido, se nos revelará el misterio de la Cuaresma y estaremos preparados para la Pascua.

—¿La liturgia es clave para la evangelización?
—Creo que es una clave crucial. No es la única, pero sí la más significativa. Siempre ha sido así.

—Últimamente, también aquí en España, se habla de un renacer espiritual. ¿Existe realmente?
—Hay una renovación del interés. Si esto conducirá a un renacimiento de la fe, está por ver. Dependerá en gran medida de cómo nosotros, como Iglesia, recibamos ese interés, lo canalicemos y lo eduquemos. Al hilo de esto, los Evangelios muestran que en torno a Jesús había grandes multitudes, atraídas por la predicación, por su propuesta de felicidad y libertad. Pero cuanto más revelaba el coste del discipulado y lo que significaba participar en esta misión continua de redención y liberación, más gente decía que eso no era para ellos. La gran tragedia del Evangelio es ver a aquella gran marea de gente reducida en el Calvario a dos personas: la madre de Dios y el discípulo amado. 

—Mirando ahora al Vaticano. ¿Cuál es su impresión sobre León XIV?
—Tengo la impresión de que es un hombre de gran integridad y de gobierno sabio, paciente. Desde el primer momento, apostó por la unidad y señaló a Cristo, lo esencial. Y esto es maravilloso. Además, irradia un tipo peculiar de estabilidad y paz. La gente comenta que tiene la habilidad de entrar en un espacio y hacerlo pacífico. Y esto es un gran don.

¿Cuál cree que debe ser la prioridad de la Iglesia hoy?
—Aun a riesgo de decepcionarte, te digo que la proclamación coherente del Evangelio de Cristo. Proclamar al mundo que Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y que la muerte está muerta, que el perdón es posible y que el ser humano está llamado a la santidad. 


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