El acto de clausura contó con la participación del cardenal arzobispo de Madrid, el arzobispo de Sevilla, la presidenta nacional y los consiliarios nacional y de Madrid del movimiento, así como representantes de numerosos secretariados de toda España
El colegio San Agustín de Madrid acogió ayer la clausura de la fase diocesana de la causa de beatificación y canonización de Sebastián Gayá, coiniciador del movimiento Cursillos de Cristiandad. En el salón de actos del centro, con aroma del lacre caliente, se cerraron las cajas que contienen la vida, el milagro cotidiano y el testimonio de un hombre que hizo de la unidad su testamento espiritual, de un siervo de Dios.
Tras años de minucioso trabajo por parte de la Comisión Histórica y el tribunal, el resultado sobre la causa de Sebastián Gayá Riera es abrumador: unos 27.000 folios y 100 testimonios que buscan reconstruir con exhaustividad los pasos del sacerdote mallorquín gastando su vida por el mundo. Como se recordó durante el acto, este inmenso volumen documental no es solo papel, sino la prueba de una vida «sólidamente edificada sobre la roca firme del Señor».
La fase diocesana, que ahora concluye, ha permitido certificar que, para Gayá, Cristo «no era una idea ni un recuerdo piadoso», sino el centro absoluto de su existencia. Durante la ceremonia, se destacó su humildad y su capacidad de desaparecer para que solo Cristo creciera, y se hizo recordando una frase suya: «El verdadero apóstol siembra, acompaña, sirve y desaparece cuando es necesario».
La intervención de monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla y presidente de la Fundación Sebastián Gayá, fue uno de los momentos culminantes. El prelado recordó la insistencia casi profética del sacerdote en sus últimos meses de vida en Mallorca, a quien, al preguntarle por una recomendación para el movimiento de Cursillos de Cristiandad, su respuesta era siempre invariable: «Mantened la unidad».
Esa unidad, que no es fruto de estrategias humanas, sino del Espíritu Santo, fue la que impulsó la histórica peregrinación a Santiago de Compostela en 1948, donde se fraguó el carisma de Cursillos. Aquel joven conciliario que animaba a los jóvenes a ser «santos y apóstoles» sigue hoy resonando como un modelo de «fidelidad incondicional a la Iglesia», como afirmó monseñor Saiz Meneses, incluso en los momentos de incomprensión y cruz de cada día.
Por su parte, el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, fue el encargado de presidir el rito institucional de sellado y lacrado de las actas. Con un tono cercano, monseñor Cobo subrayó que la Iglesia no busca simplemente ensalzar a una organización en concreto, sino, más allá de ello, proponer modelos de vida. «Lo que presentamos es la historia de una persona buena, de alguien que presentamos a la Iglesia para que discierna la santidad», afirmó el purpurado. El movimiento de Cursillos de Madrid, como parte activa de la causa, subrayó que la capital fue una «tierra fecunda para este carisma», donde Gayá impulsó escuelas de dirigentes y acompañó a generaciones de cursillistas bajo la premisa de ser «santos y apóstoles».
Porque es indudable que Cursillos de Cristiandad ocupa un lugar central en la mencionada causa de canonización. Durante la clausura de la fase diocesana, se hizo evidente la vitalidad actual del movimiento, contando con la presencia de la presidenta nacional de Cursillos, Rosa María Murillo Fuentes; el consiliario nacional y obispo de Alcalá de Henares, monseñor Antonio Prieto Lucena, así como representantes de numerosos secretariados de toda España. Este carisma, según se proclamó ayer, no fue fruto de estrategias humanas, sino una «gracia suscitada por el Espíritu para la evangelización» que comenzó a fraguarse durante la histórica peregrinación de jóvenes a Santiago de Compostela en agosto de 1948. Tras aquel hito, la labor de Gayá fue determinante para que el 7 de enero de 1949 se iniciara en San Honorato, Mallorca, el primer cursillo de la historia, una obra de muchos frutos cuya paternidad es atribuida por la Santa Sede al grupo formado por monseñor Herbas, Eduardo Bonín y el propio siervo de Dios.
Finalmente, se procedió al juramento del portador, Jaime López Peñalba, consiliario de Cursillos de Cristiandad de Madrid, quien tiene la misión de entregar este «trasunto» y copia pública en el Dicasterio de las Causas de los Santos en el Vaticano. Mientras las cajas se apilaban listas para su viaje a Roma, los presentes entonaron el emblemático De colores, renovando el compromiso de seguir la estela de un hombre que, como se dijo en la clausura, «no eligió a los capaces, sino que el Señor hizo capaz al que eligió». El acto concluyó reafirmando que el propósito de este movimiento sigue siendo transformar los ambientes a través de la «amistad y el encuentro con Cristo», siempre guiados por el testamento espiritual que Gayá.
Ahora, el proceso entra en su fase romana, donde se estudiará si las virtudes de Sebastián Gayá se confirman desde esta perspectiva como un faro para toda la Iglesia universal. Madrid ha cumplido su tarea, enviando a Roma no solo folios, sino la esperanza de un nuevo santo para el siglo XXI.






