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María Lía Zervino

María Lía Zervino: «Es fundamental que se invierta en la formación sinodal, teológica y pastoral de las mujeres»

La socióloga, miembro de la Asociación de Vírgenes Consagradas Servidoras, es una de las primeras mujeres en participar en la selección de obispos. También forma parte del Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo

La socióloga María Lía Zervino, laica, miembro de la Asociación de Vírgenes Consagradas Servidoras, está entre las tres primeras mujeres de la historia que supervisa la selección de los obispos de la Iglesia universal. Además, por decisión reciente del papa Francisco, está en el Consejo del Sínodo junto con Simona Brambilla. Son las dos primeras mujeres que forman parte de este órgano. Nos habla del Sínodo y de los paralelismos con el acontecimiento eclesial más importante del siglo pasado, el Concilio Vaticano II, de cuya clausura se cumplen sesenta años en 2025.

—El Sínodo sobre la Sinodalidad ha sido un camino positivo para la Iglesia. Laicos, sacerdotes, religiosos, etc. han trabajado conjuntamente. ¿Hay cuestiones que han quedado abiertas?
—La conversación en el Espíritu utilizada como metodología sinodal en las asambleas sinodales de 2023 y 2024 prevé que queden cuestiones abiertas y otras no satisfechas. Por lo tanto, hay preguntas que aún no han tenido respuesta y temas pendientes en los que profundizar. Atento a esto, el papa Francisco estableció los diez grupos de estudio, uno de los cuales se refiere a cuestiones teológicas y canónicas en torno a formas ministeriales específicas, en particular, a la cuestión de la necesaria participación de las mujeres en la vida y el liderazgo de la Iglesia. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, actualmente en período de escucha y recepción de las diversas voces involucradas en esta temática, ha anunciado que está preparando un documento. Esperemos pronto poder dar un paso adelante en cuanto a los nuevos ministerios, algunos de los cuales hace tiempo que vienen siendo ejercidos por mujeres, para contribuir con una Iglesia sinodal misionera.

—En el Concilio Vaticano II no se vio pertinente hablar de estos ministerios. Sesenta años después, la respuesta parece que ha sido la misma. ¿Por qué sigue siendo un asunto inabordable? 
—Según las fuentes que he consultado, más que el diaconado fue el tema del sacerdocio femenino el que surgió con fuerza en el posconcilio, esclarecido finalmente por la declaración de San Pablo VI, Inter Insigniores (1976). La negativa admisión de las mujeres al orden sagrado por parte de la Iglesia católica fue ratificada por san Juan Pablo II y el papa Francisco. En cuanto al diaconado femenino, diría que no hay documento doctrinal alguno que lo niegue explícitamente. Por el contrario, el documento final del Sínodo, que es parte del magisterio pontificio, establece que «sigue abierta la cuestión del acceso de las mujeres al ministerio diaconal y es necesario proseguir con el discernimiento a este respecto» (n. 60).  Precisamente, el número 60 obtuvo el mayor número de votos en contra de todo el documento final: 97. Según mi modesto parecer, si la comunidad de la Iglesia católica fuese como la anglicana, en que unas iglesias locales pueden ser favorables a la ordenación de mujeres y otras no, el diaconado femenino permanente ya se hubiese instituido. En cambio, nosotros deseamos conservar la comunión eclesial y la unidad de la Iglesia universal delegada por Jesús a Pedro y a sus sucesores. 

En una Iglesia que busca ser sinodal, me parece fundamental atender no solo a la investigación teológica y a la práctica pastoral, sino también a la acción que en el pueblo de Dios lleva adelante el Espíritu Santo. Cuando haya algo similar a un sensus fidei al respecto, en las diversas culturas y religiones, contaremos con el colegio episcopal y la aprobación del Papa para que las mujeres prestemos este maravilloso servicio a la Iglesia.

—El Papa está colocando a mujeres en puestos de responsabilidad. ¿Cree que esto ha calado en el resto de la Iglesia?
—Francisco, en el primer Jueves Santo de su pontificado, lavó los pies a jóvenes presos, incluyendo a dos muchachas, una de ellas musulmana. Marcó con este gesto su relación con las mujeres. Luego ha seguido hablando no solo con palabras y escritos, sino con su ejemplo, que no tiene nada de maquillaje, sino que está plagado de hechos concretos. Ha nombrado mujeres donde antes no existían. Ahora están en espacios de toma de decisiones a nivel de gobierno, de economía, de cultura, de sinodalidad, de elaboración y discernimiento teológico, o de pastoral en la Curia Romana. Incluso ha reformado su estatuto, con la constitución apostólica Praedicate Evangelium, de modo que las mujeres también puedan ser la cabeza de un dicasterio. Dicen que «las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra». Espero que así sea.

—Usted, desde el Dicasterio de los Obispos, tiene la capacidad de participar en la selección de los candidatos al ministerio episcopal. ¿Qué aporta?
—Si hace tres años me hubiesen preguntado si pensaba que las mujeres formarían parte del Dicasterio para los Obispos, lo hubiese considerado insólito y del todo improbable, pero lo insólito sucedió. Hoy, con base en nuestra experiencia, somos tres las mujeres miembros. Resulta evidente que la contribución de nuestra perspectiva aporta positivamente al proceso de discernimiento de los candidatos al episcopado para presentar al Santo Padre. Desde el primer día, fuimos consideradas con igual responsabilidad, respeto y atención con que se trata a los cardenales y obispos. Cada sesión es una ocasión para aprender de los otros miembros y, para mí, de enamorarme y de sufrir, con relación a las iglesias locales y al pueblo de Dios en todo el mundo. 

—¿Debería intervenir más la mujer en el discernimiento vocacional de los sacerdotes?
—Es fundamental que se invierta —recursos humanos, tiempo, dinero…— en la formación sinodal, teológica y pastoral de las mujeres para que podamos colaborar en todas las estructuras actuales y futuras, a nivel local, regional y universal. Considero lugares claves, por ejemplo, la formación de los seminaristas; los nuevos ministerios laicales que se instituyan para escuchar, acoger y defender a los más vulnerables; la diplomacia; o la presidencia de los tribunales que tratan sobre nulidad matrimonial, entre otros.

Sueño con una Iglesia de rostro femenino, revolucionaria en ternura, en la que el discernimiento conjunto de varones y mujeres esté siempre presente, donde, desde los grupos que limpian los espacios eclesiales hasta las nunciaturas, apliquen la conversación en el Espíritu, con mujeres idóneas trabajando codo a codo con los demás miembros del pueblo de Dios, en forma sinodal: una Iglesia con fuerte potencia misionera.

Sueño con una Iglesia que se convierta, purificándose de clericalismos, abusos y miedos, en la cual tanto los ministros ordenados como los demás bautizados nos pongamos en torno a la mesa de la Eucaristía, atrayendo a muchos otros que están lejos, en las periferias, porque antes nos habremos colocado «la toalla en la cintura» y les habremos lavado los pies y vendado las heridas. 

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